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Viernes 8:00 pm

Gerardo Vacca no conoce el mar.

Han vuelto los periodistas reconocidos de su viaje a la costa. Están bronceados y huelen a sexo libre. Vacca está pálido, ojeroso y huele a sexo silogista. Se quedó hasta tarde para poder sentir eso, la envidia es mejor que nada. Está frente a su computador, los dedos pegados al teclado, una nota que ya no alcanza a terminar. Francisco, el más exitoso de quienes acaban de llegar, que se ganó un Simón Bolívar y está escribiendo una novela sobre el drama que la parapolítica provocó en una familia decente con la excepción del miembro que incursionó en ciertas alianzas mal llamadas oscuras, se acerca desde atrás y lo toca condescendiente. No lo toca. Sí le está agarrando el brazo pero como si estuviera cogiendo aire. Pero Vacca sí siente la mano de Pacho Zalamea retorciéndole la piel a través de la chaqueta.

– ¿Qué hay Vacca? ¿Cómo estuvo todo por aquí mientras nos fuimos?

– Todo bien, Zalamea, todo bien.

– Dígame Pacho, no se preocupe.

– Bueno Pacho. No me preocupo.

En su casa, dos horas más tarde, con la garganta llena de tequila y Marlboro y besos de copera, Vacca recuerda esa corta conversación y piensa que lo mejor sería romperle la cara a Francisco Zalamea. Lo mejor sería romperle la jeta a Pacho, a secas. Pero Pacho está lejos. Pero Pacho está probablemente dando vueltas en su Mazda 3 con su mujer la correctora de estilo de Alfaguara. O puede ser que Pacho y su mujer la correctora de estilo de Alfaguara estén teniendo sexo en su Mazda 3. O lo que es peor, que estén haciendo el amor. Todo por no haber reaccionado a tiempo. No estaría bien romperle la jeta a Pacho Zalamea mientras tiene un orgasmo. Vacca se imagina al héroe del periodismo empalmando a su mujer, lo visualiza sudando, aprentando el culo, sonriendo, gritando, se habrá quitado las gafas. No, lo hace con las gafas puestas. Vacca sabe que va a comenzar a pensar en su vida. Se le pone dura. Vacca se encierra en el baño a llorar. Eso intenta pero lo único que puede hacer es evitar mirarse al espejo.

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Miércoles 8:00 pm

Cuando se metió la mano al pantalón al final de la jornada algo hizo que se le pasara la emoción. Se levantó del sofá, apagó el televisor y encendió un cigarrillo. Gerardo Vacca miró hacia la ventana fingiendo un mohín solemne. Era sólo rasquiña en la dignidad, le había dicho papá al Director del DAS.

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Lunes 6:00 am

Huele a mierda. El hombre está agarrándose los tobillos mientras se esfuerza por expulsar el último pedazo.

-Muévase gran güevón que vamos a grabar.

-Hoy no tengo ganas, vea que estoy maluco.

El de afuera patea la puerta. Es un baño de trailer. Es un baño de trailer de noticiero local. Hay un sticker de una cara amarilla y feliz pegado en la puerta. El tipo, Gerardo Vacca, lo mira con ojos inyectados en sangre y el culo apretado. La cara se mueve con las patadas, la puerta se dobla, el lugar entero tiembla por la rabia del productor.

Gerardo se arregla. Sale y pone su mejor cara. “¿Es el Ministro de qué maricadas?”. “Ah sí, de Protección social, las subvenciones, claro”. El viejo encorbatado lo espera afuera del edificio. Todos han decidido poner sus mejores caras, aunque no sean las mejores. Una de las niñas de producción parece estúpida, el camarógrafo estreñido. El Ministro recién recuperado de un orgasmo. Cuando Vacca se pone a su lado y mira la cámara, cierra la jeta y se concentra en la circunferencia del micrófono en su mano. Recuerda que no había papel en el baño.

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