Archivo de la categoría: Crítica y ensayo

La normalidad del Caos

¿Y si dijéramos que todo es normal? Así nosotros no tendríamos de qué preocuparnos y ustedes podrían irse a sus casas tranquilos. Propongo que olvidemos al mundo entero y nos concentremos en lo apacible. Es una propuesta indecente, lo sé. Siempre queremos el furor de los extremos, arañamos las paredes por el placer de rasgar algo. ¿No se dan cuenta de lo doloroso que es adiestrar a una bestia que no tiene dueño? Así son las cosas y no cambiarán ni con el tiempo ni con ganas. Pero si dijéramos que eso es lo normal, entonces la calma sería extraña, y como extraña, por fin se colocaría en la fila de nuestras prioridades.

Hace poco noté que pocas cosas me sorprenden, muy contados sucesos me impactan. He visto mujeres chocar sus cabezas contra las paredes, prostitutas aplastando a sus hijos bajo colchones; yo sé cómo es un ebrio destrozado o una madre rendida; sólo yo conozco el rostro amarillo de la soledad fracasada; yo he presenciado el crepúsculo orgásmico con volutas de semen; yo he sentido los golpes del bolillo sobre la piel magullada y los huesos quebrados. Yo sé lo que es un accidente y la muerte se ha confundido con mi conciencia. Todo eso es normal para mí. Es como el sonido de las palomas cuando una mano tembleque sostiene maíz a metro y medio del suelo. Tan ordinario como Tom Waits y su voz ronca peleando con los parlantes del aparato. Si las excentricidades fueran todas ridículas como las mías, sin duda la tranquilidad sería un camino digno de seguir, por ahora no lo es.

No lo es porque de lo pasivo sólo obtengo bostezos. He pensado y lo he dicho, todo sería mejor si… Hemos pensado y lo hemos dicho, sin duda, pero ninguno lo cree. Ahí está el punto, queremos mantener el ideal en lo utópico, solucionable en conversaciones aireadas con licor. Queremos dejar que lo esperado sea esperado siempre. Con gritos, marchas y banderas luchamos por la destrucción de la sinrazón cotidiana, vociferamos, apretamos manos y orinamos monumentos. Pero nada. Por dentro el objetivo es no destruir lo que odiamos, mantener la esencia de las tinieblas para poder combatirla eternamente. Entonces, ¿qué buscamos realmente? ¿Qué he encontrado? Lo primero es indefinible, salvo que se trata de alimentar al demonio con el fin de combatirlo sin provocarle la muerte. Para la segunda pregunta encuentro más dificultades, pues se trata de una confesión que no me atrevería a hacer sólo por respeto a ustedes. Las soluciones individuales son inútiles pues no cubren las verdades sociales. Y las empresas sociales destruyen los intereses y pasiones individuales. Yo encontré salud en el vicio y perdón en el pecado. Busqué a Dios en la mierda y a lo sumo encontré la mierda de Dios. Pero mientras escarbaba me topé con algo mejor, en mis manos se enredaron los cabellos de la diosa negra y muda. Hundí el brazo hasta tocar sus senos y perforé sus pezones con mis dedos.

Está bien, nada de esto es cierto, pero tampoco lo es que Dios haya deseado recibirme en su regazo. Tratábamos de evitarnos en el camino, aunque algunas veces por cuestiones del azar debimos encontrarnos frente a frente para escupir nuestras mutuas inmundicias. Cuando supe que todo era inútil comprendí que la razón de la existencia es existir y pare de contar. Toda empresa añorante está destinada al fracaso, los ideales, como dijera el bizco, no están hechos para los idealistas. Lo normal es desistir, lo tradicional es aprender a tragar entero y agachar la cabeza, como si la resignación fuese desde el principio el destino de la humanidad. Nosotros así lo hemos visto. Ustedes se niegan a hacernos caso. Digamos que lo normal es anormal, si se busca el caos como fin único, razón prístina, motivación a priori, la bondad es aburrida y el fracaso imposible.

Sólo los tibios son incapaces de comprender nuestra propuesta. Para ellos el fin inalcanzable y el origen desconocido son los únicos pilares del continuo trasegar por el mundo, que no es otra cosa que vagabundear. Nosotros no somos vagabundos; al contrario, recorremos los caminos ya visitados. Volvemos al vientre, cada uno de nuestros actos regresa al coito original, a ese orgasmo creador.

Ahora bien, si son tibios o no es una pregunta que deben responder ustedes y nadie más. Yo soy frío y apasionado, poseo la ternura del café negro y la ira del fuego con nicotina. Nosotros bailamos sobre brasas y nos colgamos de garfios helados. Aquí donde nos ven, olemos el perico de la tierra y escribimos con las palabras del infierno. Nos encanta provocar sabiendo que hablamos mierda, nuestras palabras sólo tienen peso cuando son escuchadas por el ignorante. Frente a los superiores somos estúpidos, y nos alegra. Rompemos los hilos de la verdad y jugamos con ellos. Así que es hora de que ustedes tomen una decisión. El Perogrullo es que sea definitiva. Aprueben lo extraño como usual en el momento en que las finalidades de la existencia están siendo forjadas. Saboreen los dientes sucios de la diosa muda para olvidar las promesas de aquel gritón omnipresente. Besen al mundo en su absurdo y olviden la belleza de los milagros ficticios. Únanse a nosotros en esta orgía tan normal como los bacanales de las ninfas y de los faunos.

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La nación de los felices y el género negro

Por: FernandoTorres

Ha sido un error humillante confundir las novelas de enigma del tipo de Agatha Christy con las policíacas, o aún más ignominioso, con el género negro. Entre los entendidos tal confusión no sucede, es declarada impertinente e incluso jamás es mencionada como algo posible. Sin embargo los entendidos no son todo el mundo y es necesario hacer una declaración en contra de semejante improperio, además de encaminar nuestras preocupaciones al terreno de las verdades sociales constantes como la nación de los felices y el continente de los desgraciados, éste último entendido como la materia prima del género literario a explorar enseguida.

¿Por qué mencionar la supuesta paridad del enigma con la corriente negra si voy a hablar del statu quo hegemónico en la historia de la literatura, y por ende de la literatura de la humanidad civilizada? Primero definamos qué entiendo por novelas de enigma. En todas sus expresiones se trata de una construcción intelectual de un crimen que juega con la ingenuidad del lector exponiendo continuamente claves ficticias en busca del culpable, quien al final resulta ser la persona menos esperada; sorpresa, el enigma ha sido resuelto y el lector burlado; sin embargo la calidad literaria de estas historias se reduce a una trama de suspensos interconectados que al ser separados para su análisis, no son más que técnicas poco interesantes en solitario.

En segundo orden, y aquí paso a responder, las narraciones que se pueden catalogar dentro de este esquema responden de manera fiel a las expectativas de una sociedad burguesa de inclinaciones altruistas e intelectuales, pero muy a su pesar, también de percepciones encantadas.

Las descripciones de este tipo de novelas pretenden acariciar el velo de seda que recubre los sentidos aburguesados conformándose en el cliché del suspense fácil, obvio y sobre todo, antisocial, pues se enfrasca en una idealización de una clase aislada del resto que ni siquiera puede cumplir sus supuestas características a cabalidad.

A través del tiempo y con ayuda de las expresiones artísticas que gracias a un mecenas o por iniciativa propia se han encargado de conformar el capital cultural y simbólico de esta clase alta dominante, se ha constituido una especie de nación sin espacio pero con ciertas nociones de tiempo; es un fenómeno globalizado que pretende establecer parámetros de una vida feliz y tranquila, la vida de un burgués sin preocupaciones, con tiempo libre para leer cosas que lo sorprendan y confundan y finalmente, una nación de ocios intelectuales que idolatra los principios de la Ilustración usándolos como capas para cubrir la podredumbre que bajo sus pies carcome la tierra.

Es el gobierno de los felices, unos cuantos constructores de la historia oficial, es decir, la historia que no es de todos, el relato en el que se excluye a una población de desgraciados y hambrientos.

Menos mal existe ese género literario de Carveristas o Hammettianos, o tantos otros, al que le producen más bien risa las buenas intenciones de los felices, y se desvela por el temple irónico, indefectible y eterno de los marginados. Se encuentra mucha basura, sí, pero decir esto ya sería un Perogrullo.

Se realizan simposios, convocatorias, experimentos de escritura a varias manos y el género negro cautiva cada vez más, no sólo en el campo de la literatura, a un público sediento de contradicciones, historias no-oficiales y relatos sin moraleja. Aunque la denuncia está presente, y en parte existe una posición moral firme, se podría afirmar que es un grito en contra de los dogmas gobernantes, tan buenos e impecables.

Desconfiar de lo limpio es, siempre lo he creído, la mejor virtud de la conciencia lúcida. No por nada, autores como Mario Mendoza prefieren llamarlo el “realismo sucio”, la actitud de escarbar los agujeros negros de la doble moral social y humana, darles vuelta y hurgar con ellos, como guantes, los ojos muy irritables de la gente de bien.

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La insondable belleza de lo sucio

Por: Fernando Torres

Dos viejos sentados frente a una máquina de escribir, en dos lugares distintos, los relojes confiesan verdades contradictorias; lo único honesto es el humo del cigarro en el aire y el rastro de vino en la alfombra. También hay una misma manera de ver, -¿de tratar?- a las mujeres. Henry Miller, nacido en Nueva York en 1891, hace que lo que sale de su boca con el pretexto literario succione la experiencia vital de la forma más despreocupada y cuando menos se espera, deja escapar increíbles orgasmos poéticos, afrodisíacos, inconexos, vulgarmente perfectos, que cargan de valor estético lo que desde el comienzo se perfilaba como una sarta de simples impresiones de un desadaptado en una ciudad grande con mucha gente que odiar. El pesar es indispensable en sus personajes: seres miserables, sucios y mediocres que con todo y eso, se encuentran por encima del resto de los miembros de su especie por su honestidad visceral, por la capacidad de olerse a sí mismos.

En Miller, quien al principio fue censurado por tratar temas sexuales, se encuentran descripciones sinceras del absurdo del mundo, la manera en que los hombres viven sus vidas se muestra incoherente y sólo el vacío individual es expuesto como la única salida a tanta locura. Sus personajes, aparte de superiores en su inmundicia, son cínicos oportunistas, para quienes una muerte sólo significa una manera de ligar, robar o simplemente salvarse de deudas, ambiente viciado del siglo XX estadounidense que con depresiones económicas y promesas de progreso sumió a la sociedad norteamericana en un estado de letargo emocional y monotonía endémica. Es esto precisamente lo que da de qué hablar tanto a Miller como a Bukowski, retratistas de la miseria interior gringa.

El segundo no es propiamente nativo, nació en Alemania en 1920 y su nombre real es Heinrich Karl Bukowski. Llegó a los Estados Unidos en 1923. En la adolescencia sufrió un serio problema de acné que lo entregó a la soledad, recibía constantes maltratos por parte de su padre y su madre no hacía nada por ayudarlo. Bukowski se refugió en las bibliotecas y el alcohol. Si hay alguien que haya descubierto la manera de convertir la vida en prosa y poemas es este beodo amante de la música clásica; la mayor parte de su obra es autobiográfica, testimonio de sus experiencias laborales, sexuales y por supuesto infantiles. Éste se toma menos libertades, o tal vez no le interese exaltar su prosa con recursos excéntricos, en sus historias no sucede nada extraordinario, es la vida de gente que nada en la normalidad, se despiertan, fuman, cagan, follan y vuelven a dormirse. Si hay alguna manera de definir a Bukowski sería como el observador de las realidades perdidas. Él mismo es una de ellas, de ahí que sobre su lápida aparezca la inscripción: “DON’T TRY” –No lo intentes­ –.

Miller es más sensorial, toma parte como el superhombre convencido de su propia derrota y se explaya en consideraciones teniendo presente el debate que todo escritor arriesgado emprende en contra de las sensibilidades superiores, una de ellas, los intentos de Dios por existir. “Tenía tan poca necesidad de Dios como él de mí”, afirma en su libro Trópico de capricornio (1939), que junto con Trópico de cáncer (1934) son las novelas que más reflejan su vitalidad luchadora y que reniegan con más ahínco de toda restricción a la actividad intelectual.

Para Miller el trabajo también es una fuente importante de inspiración a la hora de hallar imágenes que transmitan su exasperación frente a las personalidades débiles y pensamientos básicos. Una oficina de telégrafos se convierte en el escenario perfecto para las odas millerianas al absurdo de la existencia y brindan lo necesario para que el autor se sienta en plena confianza de aleccionar a sus lectores con frases contundentes y retóricas. Su crítica al sistema también se hace notar, según él es un monstruo afectado desde la raíz con peligro de caer gracias a un ser que está dispuesto a corroerlo por dentro. Éste no es otro que él mismo usando un tono de remembranza, conciente de los detalles más simples de la vida y desinteresado por los grandes sucesos.

Si bien la construcción estética bukowskiana tanto en prosa como en verso no es más importante que lo que intenta decir, ambos autores se encuentran y estrechan sus manos frente a las piernas abiertas de una mujer a la que desprecian, aman, odian y finalmente masturban. En sus obras están de acuerdos a la hora de acostar a una mujer sobre una mesa y clavarla hasta el cansancio. Miller parece tener mejor gusto que Bukowski, pero un coño es un coño y también lo es la manera de escribirlo. Ya sea que uno prefiera hablar del universo, de la culpabilidad de Cristo y su consentimiento para que un nabo esté en ese preciso instante penetrando a una de sus hijas, como que el otro escoja hablar de una camisa sucia que apesta a sudor sobre las nalgas separadas de una mujer que recibe las embestidas de un borracho enfermo. Al final resultan hermanos, escritores malditos condenados a melancolías y absurdos que encuentran en la máquina y el papel su emancipación.

Usan el mismo bacín y cuando bebemos de su contenido, queda en la boca un sabor entre divino y podrido; es la vida lo que sabe tan mal pero a la vez hay una complicidad interna con lo que probamos. Son escritores de culto que conversan en el infierno. Aconsejan no vivir, dan lecciones largas sobre lo inútil que es estar aquí y mover los pies, levantarse temprano, cumplir horarios y besar a una mujer a la que no se ama; leerlos es como oír a Tom Waits en directo, en cualquier bar venido a menos; entonces lo único que importa es la cerveza, y lo que ese par de inconformes tengan que decir entre insultos e ironías.

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El cuerpo segmentado

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Juan Sebastián Peñuela

Fernando Torres

Asistimos a la era de la fragmentación. La estética posmoderna Occidental ha impuesto referentes muy específicos en cuanto a la belleza, en el uso más vulgar de la palabra. Como un instrumento más de esta normalización del gusto, las cirugías plásticas han adquirido gran popularidad al punto de convertirse, en parte importante de las expectativas de vida de las personas inconformes con su físico. “Among those who had undergone cosmetic surgery, many described their desire for such surgery as “normal” and “natural”, explicitly comparing their inclination to buying makeup and having their hair done. They extolled the benefits of cosmetic surgery by characterizing their actions as what anyone would do”[1].

Esta naturalización generalizada, impulsada sin lugar a duda por los mass media como respuesta a las gratificaciones del público, ha calado de manera profunda en el imaginario colectivo colombiano, gracias a programas como Extreme Makeover, o la versión nacional, Cambio Extremo. Maneja una estructura de dos participantes por emisión, utilizando el suspenso con cortes en la historia y el uso de comerciales. Acude al sentimentalismo y la compasión como recurso para acercar a la audiencia, por medio de la voz de un narrador lleno de lugares comunes e inflexiones dramáticas que acentúan la desgracia del inconforme. También abusa del morbo mostrando los procedimientos quirúrgicos y el pre y post-operatorio. Veamos pues, la presentación de uno de los casos:

Sandy y David son una pareja de novios bogotanos que, además de cambiar su físico, quieren casarse por la iglesia. Mientras Sandy sufre por su nariz, por sus orejas y por su sobrepeso, David padece de un grave defecto visual llamado queratocono, para lo cual requiere un transplante de cornea y de no ser operado, él podría perder la visión.

Sandy es huérfana de madre y ha vivido sola durante muchos años. Aunque tiene buena relación con su padre, ella prefiere vivir en otro lugar. Pese a que no tiene trabajo, sale poco y es muy tímida, siempre ha soñado con casarse. David, su novio, vive muy lejos de ella y aunque la distancia que los separa es enorme, ya sea en bus, a pie o como pueda, él se las ingenia para ir a visitarla. David quiere irse a vivir con ella, pero primero quiere casarse por la iglesia, lamentablemente no tiene los medios económicos para comprar los anillos y acomodar una nueva casa.


Como consideración primaria, la visión del cambio está más asociada a la mutación física, que a una transformación real. Además la mención del deseo de casarse por la iglesia evoca de entrada a la conmiseración de los fieles, quienes verían con buenos ojos dicha mutación, para empezar una nueva vida bajo la augusta mirada del Señor, se podría pensar que siendo feos, no podrían casarse de la forma religiosa. El melodrama surge con la frase: “él podría perder la visión”, que traslada las responsabilidades del Estado en términos de salud pública, y las convierte en objeto de concurso.

Al parecer, soñar con casarse y ser huérfana de madre son razones consecuentes con el cambio extremo al que Sandy quiere someterse. Esto, acompañado de la chabacanería con que se evidencia que David hace lo que sea por visitarla, dando pie a la consideración superficial de que el amor verdadero sí existe, pero una ayudita del bisturí no sobra. Ayudita que por demás, termina por exponer a una persona totalmente distinta a la que se presentó al programa. Según la frase final del fragmento, ser intervenido quirúrgicamente también desencadenaría la compra de los anillos, y el esfuerzo por establecerse en un hogar. Cosa que no sucedería sin llevarse a cabo la operación.

Es evidente que lo menos importante del caso son la nariz, las orejas y el sobrepeso de Sandy. La carga moral, melodramática y compasiva son los sustentos discursivos de Cambio Extremo para cambiarle la vida a los colombianos, eso sí, enmarcado en un sistema de juicios estéticos específico y excluyente, a pesar de lo que el programa se jacta en mostrar.

Empero, existe otro factor que ha influenciado significativamente en las nuevas prácticas quirúrgicas que atienden a la población necesitada de individualidad. Uno que no sólo ha trastocado los órdenes socio-económicos del país sino que también ha afectado los cimientos de la valorización estética hegemónica. Se trata de los códigos impuestos a partir de los años noventa a manos de un grupo social que surge en medio de la ilegalidad, conocido en la esfera pública como “los traquetos”. Veamos un poco, sin ánimos de caricaturizar, los estándares básicos del gusto traqueto: existe en apariencia una obsesión por los tamaños descomunales, que se extienden desde sus automóviles, que suelen ser enormes camionetas pesadas y blindadas llenas de colorido, hasta las mujeres que les acompañan. Éstas suelen obedecer al mismo patrón de Bigger is better. Esto en cuanto a la proporción de sus senos y trasero, respondiendo también al cliché de la belleza norteamericana. Mujer de vestidos variopintos, de tacones altos, rubia y muy alegre. Contando también con el hambre capitalista, que las hace verse rodeadas de los accesorios de distinción más recientes y suntuosos. Existe entonces una pretensión por el efecto o impacto estético, no ya por sus causas o razones.

De entrada se identifican las características primordiales de la estética del mal gusto, expuestas por el autor italiano Umberto Eco en su libro Apocalípticos e integrados. Según Eco, el efecto debe ser absolutamente fungible, no debe escapar nada a la interpretación de quien se relaciona con el objeto. Además, como se trata de una composición fragmentaria, cada una de las partes refuerza el motivo inicial, construyendo una redundancia extravagante, que para Eco es el medio de más fácil reafirmación cultural para un público que cree gozar de una representación original del mundo. De esta forma, los usos del cuerpo y sus atavíos se convierten en mecanismos de distinción de fácil acceso y descodificación. La relación entonces, entre la imagen corporal y el reconocimiento social, está atravesada por dichos juicios provenientes del inframundo ilegal del narcotráfico y, no en menor medida, por las respuestas estéticas generadas en los medios masivos de comunicación. Alteradas debido a la ausencia de un trasfondo educativo consistente que provea al público de claves de lectura más sólidas en el momento de apropiación de los estereotipos y valores comerciales del mercado de la belleza.

Ahora bien, hablamos de los actuantes directos en la estructuración de los mencionados valores, pero es necesario también definir el contexto en el cual dichos actores se desenvuelven. Se trata de una arena de comercio de bienes simbólicos a nivel global[2], que reduce las fronteras pero a la vez, potencia las exigencias locales en una clase de juego de oferta y demanda de tradiciones vacías de contenido. “El folklorismo es tradición presentada como espectáculo (…) pierde el alma de la tradición, que es su conexión con la experiencia de la vida cotidiana”[3]. No hay que olvidar que, como lo afirma Giddens, la globalización reestructura nuestro modus vivendi y es típicamente norteamericana, aunque afecta a esta sociedad de la misma manera que a los otros países y es altamente desigual en sus consecuencias.

Las cirugías estéticas han sido trasladadas al mercado global, y en apariencia masificadas, otorgando la creencia de estar al alcance de la totalidad de la población. Así, los anhelos de uso se ven recompensados con las imágenes de los participantes del reality show Cambio Extremo, como lo afirma su slogan: “Para gente real”. Bajo este lema pretenden hacer un salto de calidad en la vida de los inconformes, brindándoles las herramientas para por fin hacerse a un lugar en la sociedad que, según sus conflictos psicológicos, los ha rechazado. Sin embargo, es una gran mentira que este tipo de procedimientos quirúrgicos sean masivos, pues como en el programa mismo se evidencia, las personas que son aceptadas para aparecer y ser intervenidas, son aquellas que presentan un mayor grado de segmentación en la visión de sus cuerpos. Si examinamos un capítulo de dicho programa, podemos notar que los participantes describen su inconformidad con la especificidad detallada requerida por la producción del canal en aras de una fácil asimilación por la audiencia.

“There’s two groups of people. Ones that will come in and say, “Make me beautiful” –those are very poor candidates. And somebody (who comes in) and says, “I don’t like my nose”. And you say, “What don’t you like?” And he says, “Well, I don’t like the lump, and it’s too long”– if they can describe what bothers them, and you know that it can be surgically corrected, then those are excellent candidates for surgery”[4].

Ésta es la opinión de un cirujano entrevistado para el documento “Accounting for cosmetic surgery: The accomplishment of Gender”, que bien podría ser la de quienes trabajan para el programa en cuestión, siempre pensando en los detalles fragmentados, más que en el individuo como un todo. Así el cuerpo se convierte en una mercancía con catálogo, y cada parte susceptible de ser explotada de manera diferente: “El espectáculo, que es la eliminación de los límites entre el yo y el mundo mediante el aplastamiento del yo asediado por la presencia-ausencia del mundo es igualmente la eliminación de los límites entre lo verdadero y lo falso mediante el reflujo de toda verdad vivida bajo la presencia real de la falsedad que asegura la organización de la apariencia (…) La necesidad de imitación que experimenta el espectador es precisamente la necesidad infantil, condicionada por todos los aspectos de su desposesión fundamental. Según los términos que Gabel aplica a un nivel patológico totalmente distinto “la necesidad anormal de representación compensa aquí un sentimiento torturante de estar al margen de la existencia”[5].

Aquí Debord miró hacia delante cuarenta años, pues éstas son las consecuencias de los realities en general, y en mayor medida de Cambio Extremo. Lograr que los individuos inconformes se sientan al margen de la sociedad para así poder acceder a este tipo de cirugías que les permitan la seguridad ontológica necesaria. Vemos no una defensa de la belleza sino una reafirmación psicológica de la fealdad, al reconocerse como individuos proscritos de la normalidad “bella”. El programa, luego de sentenciar los rasgos reconocidos como pertenecientes al campo de lo horrible y asimétrico, se presenta como un Mesías de escalpelo que remediará ipso facto la desgracia de aquellos que han sido escogidos para engrosar las filas de los “naturalizados”.

Al respecto, Maigret retoma a Habermas en su Teoría del Espacio Público, citando: “La publicidad se vuelve comercio e invade las vidas privadas, en lugar de ser el soporte del diálogo, el ascenso del individualismo egoísta y exhibicionista corrompe lo que era accesible al público, los medios no son más que consumo y frivolidad narcisista”[6]. Una afirmación tal vez apocalíptica, que sin embargo tiene cierto tinte de verdad ante las intenciones primarias de los productores de realities, recalcando en exceso el término “narcisista” para el caso de Cambio Extremo.

Es así como las relaciones de poder se reestructuran en torno al cirujano como nuevo socializador. Un individuo con voluntad sobre las autoestimas de los inconformes. No es un creador, sino un moldeador que transforma un material a su antojo, un productor de imágenes, que es, de acuerdo a Debray: “Por destino (…), el proveedor de gloria de los poderosos”[7]. Estamos entonces, continuando con este autor francés, en la era de la videosfera[8], abundante de imágenes-símbolo, que tienen un valor sociológico como signo de estatus o marcador de pertenencia. “En el afán por innovar de la era virtual se regresa a la obsesión del indicio por el cuerpo, lo físico, el neoprimitivismo rescata las necesidades de la primera época (la logsofera[9]) en función de las carencias de la última (la videosfera)”[10].

Se trata pues de una reestructuración del cuerpo como mercancía segmentada, que funciona por catálogo de acuerdo a los arreglos quirúrgicos y a las pautas que los mass media le otorguen. La naturalización y normalización del individuo bajo los cánones de una belleza mediática sólo producen mayor discriminación en lugar de la supuesta y utópica unidad sistémica.


[1] Entre los que habían sufrido la cirugía estética, muchos describieron su deseo de tal cirugía como “normal” “y natural”, explícitamente comparando su inclinación a la compra del maquillaje y al arreglo de su pelo. Ellos alabaron las ventajas de la cirugía estética caracterizando sus acciones como lo que cualquiera haría. En: DULL, Diana y WEST, Candace, Accounting for cosmetic surgery: The accomplishment of Gender. Social Problems, Vol, 38, No. 1, (Feb.1991). Pág. 56

[2] La forma en que nos relacionamos con los bienes simbólicos que consumimos no es universal, o lo es en la medida en que se consume de manera indiscriminada, sin juicios ni cuestionamientos. De ahí que el manejo de la libertad, o la ilusión de libertad que brindan las industrias culturales no estén en dejar de consumir porque el consumo sea malo o poco inteligente, respondiendo al esnobismo. Tienen que ver más que todo con la escogencia, o por lo menos, la conciencia clara de los patrones de consumo propios. Pensar lo que se apropia es lo más que puede hacer una persona para contrarrestar al colonialismo cultural, que se alimenta de las mentes pasivas y se entretiene con las activas.

 

[3] GIDDENS, Anthony, Un mundo desbocado, los efectos de la globalización en nuestras vidas. “Capítulo III: Tradición”. Pág. 57

[4] Hay dos grupos de personas. Los que entrarán y dirán, ” Hágame bello ” – aquellos son candidatos muy pobres. Y alguien (quien entra) y dice, ” no me gusta mi nariz”. ¿Y usted dice, ” Qué le gusta?” Y él dice, ” Bien, no me gusta esta protuberancia, y es demasiado larga” – si ellos pueden describir qué los molesta, y usted sabe que quirúrgicamente puede ser corregido, entonces aquellos son candidatos excelentes para la cirugía. En: DULL, Diana y WEST, Candace, Accounting for cosmetic surgery: The accomplishment of Gender. Social Problems, Vol, 38, No. 1, (Feb.1991). Pág. 62.

[5] DEBORD, Guy, La sociedad del espectáculo. “Capítulo 9: La ideología materializada”.

[6] MAIGRET, Éric, Sociología de la comunicación y los medios. “Capítulo XIV: Las teorías del espacio público, de Kant a la televisión de la realidad”. Pp. 357-358.

[7] DEBRAY, Regis, Vida y muerte de la imagen, historia de la mirada en Occidente. “Capítulo 8: Las tres edades de la mirada”. Pág. 177

[8] La era de lo visual.

[9] La era de los ídolos, desde la invención de la escritura hasta la de la imprenta.

[10] DEBRAY, Regis, Vida y muerte de la imagen, historia de la mirada en Occidente. “Capítulo 8: Las tres edades de la mirada”. Pág. 184

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El divorcio de Montag

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Por: Fernando Torres

“La lasitud está al final de los actos de una vida maquinal, pero inaugura al mismo tiempo el movimiento de la conciencia. Provoca la continuación, que es la vuelta inconsciente a la cadena, o el despertar definitivo. Al final del despertar llega la consecuencia: el suicidio o el restablecimiento”.

Albert Camus

En su ensayo El mito de Sísifo, Camus expone una situación desgarradora pero en exceso natural, tradicional. Se trata de la siguiente: un hombre ve a otro hablando por teléfono a través de una mampara de cristal. A simple vista, la acción contemplativa no exigiría del espectador mucho tiempo de reflexión. Pero en un momento, lo que parecería un evento trivial adquiere relevancia gracias a una pregunta que surge de un vacío que pronto tendrá nombre: “¿Por qué habla ese hombre?”, o si se quiere: “¿Qué necesidad tiene de gesticular de esa manera?”. Esa total intolerancia, esa sbornia[1] situacional irremediable, han encallado en la conciencia del hombre que se cuestiona para, contrario a lo que se pudiera creer, acercarlo todavía más a su humanidad. Como le sucede a quien se despierta un día y ve a sus familiares como desconocidos, el absurdo arremete con una fuerza inextricable, demanda ser reconocido o negado con la misma presteza de su llegada.

Es lógico que la carne se resista a la tentación del caos, pues en principio, el cuerpo gana al espíritu en caprichos de supervivencia. Por eso en esas primeras etapas en que el absurdo se está gestando como un gusano al interior de cada hombre, la esperanza de las ideas, la aparente perfección del sistema y la promesa del progreso sirven como muros de contención que mantienen a raya los constantes ataques de divorcio que provienen de afuera. Empero, son incapaces de expulsar el germen que ya ha anidado en lo más profundo del espíritu, todavía silencioso.

Antes de una definición completa de lo que también ha pensado Sartre como “la náusea”, es preciso definir, y aquí entramos en el campo que atañe directamente a este análisis, las condiciones de gestación del estado absurdo. En particular la transformación de la subjetividad manifiesta en Montag, personaje principal de la película Fahrenheit 451.

Montag trabaja para la estación de bomberos, que en el mundo ficticio creado por Bradbury y adaptado al cine por Truffaut, se dedican a quemar libros. Está casado con Linda, una mujer que pasa el día entero viendo una pantalla de televisión, aprendiendo judo y esperando con fervor poder actuar en una de las telenovelas. De acuerdo con Regis Debray en su capítulo “Las tres edades de la mirada”, ninguna mediasfera[2] despide bruscamente a las otras[3], sino que se superponen e imbrican. Sin embargo, vemos que en el mundo en exceso visual de Montag, existe una política de censura firme en contra de los productos de lo que sería la grafosfera[4]; la bibliofobia se convierte entonces en el perfecto mecanismo de control de los idólatras, hasta el punto de que poseer siquiera un libro llega a ser un crimen. Uno de los productos más interesantes de este universo amante de las imágenes y enemigo de la palabra escrita, es la historieta sin parlamentos. La actividad de leer cómics exige todavía menos esfuerzos intelectuales gracias a los bocadillos vacíos que acompañan las imágenes. Interesa por supuesto la irónica presentación de una secuencia de recuadros cuyo sentido es en realidad, la disipación sin pensamiento. Lo ocioso del entretenimiento letrado es extirpado de esta sociedad por su inutilidad. Las historias que con habilidad pueda el hombre imaginar son entonces, inútiles, al menos en la concepción servil del progreso. Lo útil es pues, la imagen, ya que quien la fabrica es por destino, el proveedor de gloria de los poderosos[5].

Ahora bien, en un mundo en que el ocio escrito existe sólo en la clandestinidad, es imposible evitar que la memoria se desvanezca en medio de informaciones impuestas y la constante difusión de patrones de cotidianidad hegemónicos. La reunión de amigas frente al muro-pantalla tiene la única función de organizar grupos sociales que comentan lo que ven, pero que, a diferencia de lo que se podría pensar al respecto, lo hacen utilizando las mismas herramientas de crítica que la televisión les ofrece. Es decir, comentan de la manera en que el sistema imperante quiere que lo hagan.

En el metro, Montag nota la extraña e inconciente filiación al cuerpo, el neoprimitivismo que comenta Debray. Los pasajeros, carentes de una pantalla alienadora que los persuada de pensar, se reencuentran con el tacto honesto, involuntario; sus cuerpos les exigen la intimidad arrebatada, el recuerdo erótico eliminado de sus memorias. Por la misma razón el método de seducción de Linda cuando quiere acostarse con Montag es una llave de judo, para ella ya no existen los juegos con el cabello ni otras prácticas femeninas, el mayor referente al contacto físico que ha sido construido en su cabeza es este arte marcial. O incluso la ridícula imagen de un joven acariciándose a sí mismo como si estuviera besando a su novia, en la escena del parque.

Es como si el tacto hubiese perdido toda conexión con la realidad. La corporalidad ha sido traspasada al terreno de lo virtual, lo abstracto y los escasos momentos en que se aleja de esa hiperrealidad se convierten en patéticos reencuentros con una subjetividad reptante.

“Hoy en día la abstracción ya no es la del mapa, la del doble, la del espejo o la del concepto. La simulación no corresponde a un territorio, a una referencia, a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal […] y si fuera preciso retomar la fábula, hoy serían los jirones del territorio los que se pudrirían lentamente sobre la superficie del mapa. Son los vestigios de lo real, no los del mapa, los que todavía subsisten esparcidos por unos desiertos que ya no son los del Imperio, sino nuestro desierto. El propio desierto de lo real”[6].

 

En la era del espectáculo, cuando los simulacros reemplazan a la realidad, no hay nada que no le produzca asco a Montag y a quienes han decidido trasladarse al terreno de la ilegalidad conservando su memoria y pensamiento, con sus preciados libros. Este asco es el resultado del triunfo del espíritu sobre la resistencia de la carne. El mundo de Montag es una gran caverna platónica, habitado por adoradores de sombras coloridas y luminosas, si se vale la contradicción. Y él comienza a despertar gradualmente, respondiendo a la perfidia de su entorno, repudiando las costumbres que lo rodean. Un poco como un paria, Montag recurre a los libros que ha rescatado de varias quemas para reencontrar las familiaridades de las que carece. La escena que desata al gusano del absurdo es la muerte de la anciana que prefiere ser quemada con sus libros, imagen que se repite en los sueños de Montag personificada por Clarisse, su única amiga.

Este recurso onírico de Truffaut evidencia el interés particular que tiene el personaje por esta mujer inteligente, lectora y fugitiva, compañera suya en el desánimo, la desesperación. Camus sabe describir la situación en las siguientes palabras: “Un mundo que se pueda explicar, así sea con malas razones, es familiar. Pero en un universo privado de pronto de ilusiones y de luces, el hombre se siente extranjero. Es un destierro sin remedio, privado de una patria perdida o de una tierra prometida. Ese divorcio entre el hombre y su vida, entre el actor y el decorado, es el absurdo”.

Ahora bien, es la misma mujer la que da a conocer a Montag ese tipo de tierra prometida del que habla Camus. Su absurdo, su rebelión contra sí mismo y el mundo no terminarán en el suicidio ni la demencia ulterior. Existe un grupo de hombres desertores que ha emprendido la tarea de memorizar sus libros preferidos para fundar una nueva sociedad cuando el imperio de los idólatras llegue a su fin.

Montag piensa que puede tomarse el tiempo de decidir cuándo abandonará la estulticia y buscará a la Gente Libro, como se hacen llamar. Pero Linda, en un arrebato de ignorancia y miedo al conocimiento, lo denuncia a la misma estación para la que trabaja. Sin saberlo, impulsa la furia final de su esposo. Al darse cuenta de que la emergencia que atiende es en su propia casa, Montag se apresura a mostrarle al capitán todos los libros que ha escondido, y cuando procede a quemarlos, decide acabar con el hombre al mando de la cacería del conocimiento.

Es la muerte del enemigo, el miedo se disipa y el camino a la libertad se abre ante el héroe absurdo. No le queda sino correr y esconderse, tiene el privilegio de haberse convertido en paria de una sociedad alienada, indeseable. Su victoria está en el escape y el encuentro con los hombres guardianes de libros, que coincide con su supuesto arresto en la ciudad, una farsa para mantener el status quo y continuar con el show. Allí, entre seres humanos, el camino de Montag ha terminado y el asco se disipa con el tiempo y el redescubrimiento de la memoria.

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[1] Borrachera en italiano.
[2] Según Debray, esfera mediática, máquina de transmisión de ideas, símbolos, valores y otros.
[3] Logosfera (era de los ídolos), videosfera (era de lo visual), grafosfera, explicada más adelante.
[4] La era del arte, desde la imprenta hasta la televisión en color.
[5] DEBRAY, Regis, Vida y muerte de la imagen. “Las tres edades de la mirada”. Pág. 177
[6] BAUDRILLARD, Jean, Cultura y simulacro. Pág. 5

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