La normalidad del Caos

¿Y si dijéramos que todo es normal? Así nosotros no tendríamos de qué preocuparnos y ustedes podrían irse a sus casas tranquilos. Propongo que olvidemos al mundo entero y nos concentremos en lo apacible. Es una propuesta indecente, lo sé. Siempre queremos el furor de los extremos, arañamos las paredes por el placer de rasgar algo. ¿No se dan cuenta de lo doloroso que es adiestrar a una bestia que no tiene dueño? Así son las cosas y no cambiarán ni con el tiempo ni con ganas. Pero si dijéramos que eso es lo normal, entonces la calma sería extraña, y como extraña, por fin se colocaría en la fila de nuestras prioridades.

Hace poco noté que pocas cosas me sorprenden, muy contados sucesos me impactan. He visto mujeres chocar sus cabezas contra las paredes, prostitutas aplastando a sus hijos bajo colchones; yo sé cómo es un ebrio destrozado o una madre rendida; sólo yo conozco el rostro amarillo de la soledad fracasada; yo he presenciado el crepúsculo orgásmico con volutas de semen; yo he sentido los golpes del bolillo sobre la piel magullada y los huesos quebrados. Yo sé lo que es un accidente y la muerte se ha confundido con mi conciencia. Todo eso es normal para mí. Es como el sonido de las palomas cuando una mano tembleque sostiene maíz a metro y medio del suelo. Tan ordinario como Tom Waits y su voz ronca peleando con los parlantes del aparato. Si las excentricidades fueran todas ridículas como las mías, sin duda la tranquilidad sería un camino digno de seguir, por ahora no lo es.

No lo es porque de lo pasivo sólo obtengo bostezos. He pensado y lo he dicho, todo sería mejor si… Hemos pensado y lo hemos dicho, sin duda, pero ninguno lo cree. Ahí está el punto, queremos mantener el ideal en lo utópico, solucionable en conversaciones aireadas con licor. Queremos dejar que lo esperado sea esperado siempre. Con gritos, marchas y banderas luchamos por la destrucción de la sinrazón cotidiana, vociferamos, apretamos manos y orinamos monumentos. Pero nada. Por dentro el objetivo es no destruir lo que odiamos, mantener la esencia de las tinieblas para poder combatirla eternamente. Entonces, ¿qué buscamos realmente? ¿Qué he encontrado? Lo primero es indefinible, salvo que se trata de alimentar al demonio con el fin de combatirlo sin provocarle la muerte. Para la segunda pregunta encuentro más dificultades, pues se trata de una confesión que no me atrevería a hacer sólo por respeto a ustedes. Las soluciones individuales son inútiles pues no cubren las verdades sociales. Y las empresas sociales destruyen los intereses y pasiones individuales. Yo encontré salud en el vicio y perdón en el pecado. Busqué a Dios en la mierda y a lo sumo encontré la mierda de Dios. Pero mientras escarbaba me topé con algo mejor, en mis manos se enredaron los cabellos de la diosa negra y muda. Hundí el brazo hasta tocar sus senos y perforé sus pezones con mis dedos.

Está bien, nada de esto es cierto, pero tampoco lo es que Dios haya deseado recibirme en su regazo. Tratábamos de evitarnos en el camino, aunque algunas veces por cuestiones del azar debimos encontrarnos frente a frente para escupir nuestras mutuas inmundicias. Cuando supe que todo era inútil comprendí que la razón de la existencia es existir y pare de contar. Toda empresa añorante está destinada al fracaso, los ideales, como dijera el bizco, no están hechos para los idealistas. Lo normal es desistir, lo tradicional es aprender a tragar entero y agachar la cabeza, como si la resignación fuese desde el principio el destino de la humanidad. Nosotros así lo hemos visto. Ustedes se niegan a hacernos caso. Digamos que lo normal es anormal, si se busca el caos como fin único, razón prístina, motivación a priori, la bondad es aburrida y el fracaso imposible.

Sólo los tibios son incapaces de comprender nuestra propuesta. Para ellos el fin inalcanzable y el origen desconocido son los únicos pilares del continuo trasegar por el mundo, que no es otra cosa que vagabundear. Nosotros no somos vagabundos; al contrario, recorremos los caminos ya visitados. Volvemos al vientre, cada uno de nuestros actos regresa al coito original, a ese orgasmo creador.

Ahora bien, si son tibios o no es una pregunta que deben responder ustedes y nadie más. Yo soy frío y apasionado, poseo la ternura del café negro y la ira del fuego con nicotina. Nosotros bailamos sobre brasas y nos colgamos de garfios helados. Aquí donde nos ven, olemos el perico de la tierra y escribimos con las palabras del infierno. Nos encanta provocar sabiendo que hablamos mierda, nuestras palabras sólo tienen peso cuando son escuchadas por el ignorante. Frente a los superiores somos estúpidos, y nos alegra. Rompemos los hilos de la verdad y jugamos con ellos. Así que es hora de que ustedes tomen una decisión. El Perogrullo es que sea definitiva. Aprueben lo extraño como usual en el momento en que las finalidades de la existencia están siendo forjadas. Saboreen los dientes sucios de la diosa muda para olvidar las promesas de aquel gritón omnipresente. Besen al mundo en su absurdo y olviden la belleza de los milagros ficticios. Únanse a nosotros en esta orgía tan normal como los bacanales de las ninfas y de los faunos.

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1 comentario

Archivado bajo Crítica y ensayo

Una respuesta a “La normalidad del Caos

  1. Mi estimado Fernando, la propuesta me intriga, me interesa, ¿qué se tiene que hacer para entrar al club?

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