La nación de los felices y el género negro

Por: FernandoTorres

Ha sido un error humillante confundir las novelas de enigma del tipo de Agatha Christy con las policíacas, o aún más ignominioso, con el género negro. Entre los entendidos tal confusión no sucede, es declarada impertinente e incluso jamás es mencionada como algo posible. Sin embargo los entendidos no son todo el mundo y es necesario hacer una declaración en contra de semejante improperio, además de encaminar nuestras preocupaciones al terreno de las verdades sociales constantes como la nación de los felices y el continente de los desgraciados, éste último entendido como la materia prima del género literario a explorar enseguida.

¿Por qué mencionar la supuesta paridad del enigma con la corriente negra si voy a hablar del statu quo hegemónico en la historia de la literatura, y por ende de la literatura de la humanidad civilizada? Primero definamos qué entiendo por novelas de enigma. En todas sus expresiones se trata de una construcción intelectual de un crimen que juega con la ingenuidad del lector exponiendo continuamente claves ficticias en busca del culpable, quien al final resulta ser la persona menos esperada; sorpresa, el enigma ha sido resuelto y el lector burlado; sin embargo la calidad literaria de estas historias se reduce a una trama de suspensos interconectados que al ser separados para su análisis, no son más que técnicas poco interesantes en solitario.

En segundo orden, y aquí paso a responder, las narraciones que se pueden catalogar dentro de este esquema responden de manera fiel a las expectativas de una sociedad burguesa de inclinaciones altruistas e intelectuales, pero muy a su pesar, también de percepciones encantadas.

Las descripciones de este tipo de novelas pretenden acariciar el velo de seda que recubre los sentidos aburguesados conformándose en el cliché del suspense fácil, obvio y sobre todo, antisocial, pues se enfrasca en una idealización de una clase aislada del resto que ni siquiera puede cumplir sus supuestas características a cabalidad.

A través del tiempo y con ayuda de las expresiones artísticas que gracias a un mecenas o por iniciativa propia se han encargado de conformar el capital cultural y simbólico de esta clase alta dominante, se ha constituido una especie de nación sin espacio pero con ciertas nociones de tiempo; es un fenómeno globalizado que pretende establecer parámetros de una vida feliz y tranquila, la vida de un burgués sin preocupaciones, con tiempo libre para leer cosas que lo sorprendan y confundan y finalmente, una nación de ocios intelectuales que idolatra los principios de la Ilustración usándolos como capas para cubrir la podredumbre que bajo sus pies carcome la tierra.

Es el gobierno de los felices, unos cuantos constructores de la historia oficial, es decir, la historia que no es de todos, el relato en el que se excluye a una población de desgraciados y hambrientos.

Menos mal existe ese género literario de Carveristas o Hammettianos, o tantos otros, al que le producen más bien risa las buenas intenciones de los felices, y se desvela por el temple irónico, indefectible y eterno de los marginados. Se encuentra mucha basura, sí, pero decir esto ya sería un Perogrullo.

Se realizan simposios, convocatorias, experimentos de escritura a varias manos y el género negro cautiva cada vez más, no sólo en el campo de la literatura, a un público sediento de contradicciones, historias no-oficiales y relatos sin moraleja. Aunque la denuncia está presente, y en parte existe una posición moral firme, se podría afirmar que es un grito en contra de los dogmas gobernantes, tan buenos e impecables.

Desconfiar de lo limpio es, siempre lo he creído, la mejor virtud de la conciencia lúcida. No por nada, autores como Mario Mendoza prefieren llamarlo el “realismo sucio”, la actitud de escarbar los agujeros negros de la doble moral social y humana, darles vuelta y hurgar con ellos, como guantes, los ojos muy irritables de la gente de bien.

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