La insondable belleza de lo sucio

Por: Fernando Torres

Dos viejos sentados frente a una máquina de escribir, en dos lugares distintos, los relojes confiesan verdades contradictorias; lo único honesto es el humo del cigarro en el aire y el rastro de vino en la alfombra. También hay una misma manera de ver, -¿de tratar?- a las mujeres. Henry Miller, nacido en Nueva York en 1891, hace que lo que sale de su boca con el pretexto literario succione la experiencia vital de la forma más despreocupada y cuando menos se espera, deja escapar increíbles orgasmos poéticos, afrodisíacos, inconexos, vulgarmente perfectos, que cargan de valor estético lo que desde el comienzo se perfilaba como una sarta de simples impresiones de un desadaptado en una ciudad grande con mucha gente que odiar. El pesar es indispensable en sus personajes: seres miserables, sucios y mediocres que con todo y eso, se encuentran por encima del resto de los miembros de su especie por su honestidad visceral, por la capacidad de olerse a sí mismos.

En Miller, quien al principio fue censurado por tratar temas sexuales, se encuentran descripciones sinceras del absurdo del mundo, la manera en que los hombres viven sus vidas se muestra incoherente y sólo el vacío individual es expuesto como la única salida a tanta locura. Sus personajes, aparte de superiores en su inmundicia, son cínicos oportunistas, para quienes una muerte sólo significa una manera de ligar, robar o simplemente salvarse de deudas, ambiente viciado del siglo XX estadounidense que con depresiones económicas y promesas de progreso sumió a la sociedad norteamericana en un estado de letargo emocional y monotonía endémica. Es esto precisamente lo que da de qué hablar tanto a Miller como a Bukowski, retratistas de la miseria interior gringa.

El segundo no es propiamente nativo, nació en Alemania en 1920 y su nombre real es Heinrich Karl Bukowski. Llegó a los Estados Unidos en 1923. En la adolescencia sufrió un serio problema de acné que lo entregó a la soledad, recibía constantes maltratos por parte de su padre y su madre no hacía nada por ayudarlo. Bukowski se refugió en las bibliotecas y el alcohol. Si hay alguien que haya descubierto la manera de convertir la vida en prosa y poemas es este beodo amante de la música clásica; la mayor parte de su obra es autobiográfica, testimonio de sus experiencias laborales, sexuales y por supuesto infantiles. Éste se toma menos libertades, o tal vez no le interese exaltar su prosa con recursos excéntricos, en sus historias no sucede nada extraordinario, es la vida de gente que nada en la normalidad, se despiertan, fuman, cagan, follan y vuelven a dormirse. Si hay alguna manera de definir a Bukowski sería como el observador de las realidades perdidas. Él mismo es una de ellas, de ahí que sobre su lápida aparezca la inscripción: “DON’T TRY” –No lo intentes­ –.

Miller es más sensorial, toma parte como el superhombre convencido de su propia derrota y se explaya en consideraciones teniendo presente el debate que todo escritor arriesgado emprende en contra de las sensibilidades superiores, una de ellas, los intentos de Dios por existir. “Tenía tan poca necesidad de Dios como él de mí”, afirma en su libro Trópico de capricornio (1939), que junto con Trópico de cáncer (1934) son las novelas que más reflejan su vitalidad luchadora y que reniegan con más ahínco de toda restricción a la actividad intelectual.

Para Miller el trabajo también es una fuente importante de inspiración a la hora de hallar imágenes que transmitan su exasperación frente a las personalidades débiles y pensamientos básicos. Una oficina de telégrafos se convierte en el escenario perfecto para las odas millerianas al absurdo de la existencia y brindan lo necesario para que el autor se sienta en plena confianza de aleccionar a sus lectores con frases contundentes y retóricas. Su crítica al sistema también se hace notar, según él es un monstruo afectado desde la raíz con peligro de caer gracias a un ser que está dispuesto a corroerlo por dentro. Éste no es otro que él mismo usando un tono de remembranza, conciente de los detalles más simples de la vida y desinteresado por los grandes sucesos.

Si bien la construcción estética bukowskiana tanto en prosa como en verso no es más importante que lo que intenta decir, ambos autores se encuentran y estrechan sus manos frente a las piernas abiertas de una mujer a la que desprecian, aman, odian y finalmente masturban. En sus obras están de acuerdos a la hora de acostar a una mujer sobre una mesa y clavarla hasta el cansancio. Miller parece tener mejor gusto que Bukowski, pero un coño es un coño y también lo es la manera de escribirlo. Ya sea que uno prefiera hablar del universo, de la culpabilidad de Cristo y su consentimiento para que un nabo esté en ese preciso instante penetrando a una de sus hijas, como que el otro escoja hablar de una camisa sucia que apesta a sudor sobre las nalgas separadas de una mujer que recibe las embestidas de un borracho enfermo. Al final resultan hermanos, escritores malditos condenados a melancolías y absurdos que encuentran en la máquina y el papel su emancipación.

Usan el mismo bacín y cuando bebemos de su contenido, queda en la boca un sabor entre divino y podrido; es la vida lo que sabe tan mal pero a la vez hay una complicidad interna con lo que probamos. Son escritores de culto que conversan en el infierno. Aconsejan no vivir, dan lecciones largas sobre lo inútil que es estar aquí y mover los pies, levantarse temprano, cumplir horarios y besar a una mujer a la que no se ama; leerlos es como oír a Tom Waits en directo, en cualquier bar venido a menos; entonces lo único que importa es la cerveza, y lo que ese par de inconformes tengan que decir entre insultos e ironías.

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