El estatuista

Por: Fernando Torres

Mire, yo sé que cuando usted tiene la oportunidad de recorrer la Séptima, lo hace siempre o casi siempre, distraído. A quién le va importar ponerse a ver las caras de los que por poco se estrellan con usted, los dulces de esas señoras que se acercan hablando en un idioma que usted prefiere no entender, u oler esos perfumes sin procedencia que se aparean en el aire creando nuevos aromas a los que su nariz ya parece estar acostumbrada, o es que ya no los puede percibir.

Suele suceder que vea usted a una persona que le guste, entonces su cuello empieza el inútil contorneo hasta que sus ojos sólo ven su pelo, ella o él no le puso atención, mala suerte. Usted sigue andando y preguntándose por qué no cogió un taxi, al fin y al cabo está gastando energía, pero qué más da, caminar es bueno. Entonces, entre tanto ajetreo, nota usted que hay ciertos jóvenes quietos, parecen estatuas. Se detiene, y como es normal, la persona detrás de usted choca con su espalda pues también va distraída. Hágase el que no siente nada y, pendiente de no lastimar a nadie más en ese trancón humano, acérquese a algún estatuista.

Note cómo su piel está completamente embadurnada de pintura, alcanza a ver los poros y todo. El traje puede ser cualquiera, pero eso sí, todos bien elaborados: robot, jeque árabe, soldado, personaje del siglo XIX o XX, etc. Deposite una moneda en la cajita justo abajo y verá cómo la estatua de repente cobra vida haciendo movimientos marcados y lentos, un leve cambio de expresión en el rostro, pero eso sí, la mirada triste no tiene arreglo. No importa cuántos billetes intente meter por la ranura. Pero no son estos maquillados y bien-vestidos por los que usted se va a interesar. Es uno que se encontrará más adelante si sigue caminado, sentido sur-norte, por supuesto.

Esté pendiente de todo lo que vea, ahora sí puede darse el gusto de comerse un manjar de rostros e imágenes. Puede usted ver a la niña amarrándose los zapatos mientras la mamá se desespera rascándose la cabeza porque el papá se metió a una tienda a pedir una cerveza porque es que el día ha estado muy largo y ese sol no deja pensar. También pasará al lado del embolador de zapatos que tramposamente rinde el betún con cierto líquido guardado como tradición milenaria en un tubo de crema dental descolorido. Entonces se encontrará con el estatuista más dramático. Es un viejo de unos setenta años, cabeza blanca como la de ese señor rojo que usted tanto conoce. Y sí, está disfrazado de Papá Noel, sólo que su casaca es una simple camiseta blanca tirando a rojo y no al revés, su barba son tiras de algodón rasgadas tal vez con rabia y su pose cambia constantemente sin necesidad de monedas pues la edad no le permite hacer mayores esfuerzos. Los ojos del viejo se muestran siempre irritados, como a punto de llorar, lo curioso es que no lo hace, usted tampoco lo haga.

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