Rita.

Fotografía: David Yazo

Por: David Yazo.

Esquina de la Jiménez con Séptima como a la 1:30 de la tarde, las monedas dentro del tarro se humedecían por pequeñas pizcas de agua, la anciana con un chal naranja ya casi marrón, pues empezaba a notarse así del polvo agreste de la calle y el feroz humo del transporte público.

Yo la vi desde la otra acera mientras tomaba una foto al edifico de Avianca, la mire desde lejos y noté que la llamaban Rita.
Rita podía moverse hasta donde sus brazos le permitieran, sus uñas largas, amarillentas y con rastros de Onicoquicia, posiblemente causada por usar desde siempre tiner como quita esmalte. Ella en las noches hace más de veinte años era mesera en un bar, conocida por sus hermosas manos, las más suaves y corteses según los clientes, – eso lo decía en voz baja-.

Sus piernas ya no tocaban el piso aunque fueran las más ojeadas mientras dejaba copas con aguardiente sobre mesas de plástico y desocupaba ceniceros con chicles untados de ceniza, escuchando a su lado un susurro con aliento a salchichón con aguardiente y Colombiana.

No sé por qué las personas son desdichadas, al menos eso dicen, a muchos los invaden enfermedades y largos períodos de pésimo andar, Rita se aferraba a que Dios la había castigado por dejar a su hija en manos desconocidas, pues no tenía suficiente tiempo para darle los cuidados apropiados, sus ocupaciones demandaban mucho tiempo siendo mesera y sastre, de inmediato le miré su prenda marrón, con sus costuras dejando el camino que había plantado la maquina de coser, pero con tan refinado diseño que la suciedad y vejez de la prenda pasaban inadvertidas.

Abandonó a su hija cuando tenía cinco años, decidió regalarla para dedicarse de lleno a su vida, un tanto envidiosa o cruel pero no le dio importancia, continuó con su vida atendiendo mesas y haciendo prendas por otros diez años, se le olvidó que alguna vez tuvo hija, también que era una mujer hermosa y en su cuerpo empezó a notarse esa omisión, – me puse gorda- me decía, pero su mirada no lo expresaba así, se notaba que sufría al haber perdido el cuerpo garboso por el que era conocida. El ser humano no es como el vino, si te añejas tus canas no son figura de respeto, se convierten en el olvido de tu existencia, el blanco en tu cabellera se vuelve compañero del olvido y la miseria.

Alguna noche de las que salía del bar, con los pies hinchados y rodillas fastidiadas de soportar el cuerpo rollizo sobre tacones de 8 centímetros, la amistad de la noche se reunió con la incertidumbre y de la gran profundidad de una calle dos luces aparecieron para iluminar el sendero por el que caminaba descalza tratando de aliviar el dolor en sus pies, la bocina del automóvil advirtió que el destino se acercaba por la espalada pero Rita olvidada de su destino no le prestó atención, a las tres y media de la madrugada de una alborada inadvertida, sobre la ciudad el cuerpo cayó, en el instante no se escucharon sirenas para levantar el cuerpo tendido, Rita recuerda sólo estar en una camilla atendida por varios doctores dándole masajes cardiacos.

Lo que viniera después es pura historia mal contada, ahora ella pide limosna en la calle donde la encontré, no espera que su hija pase por ahí, y lo que más le afana es ocultarse de la lluvia que se avecina desde hace 15 minutos.

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2 comentarios

Archivado bajo Crónicas y reportajes

2 Respuestas a “Rita.

  1. Estimado David, cada vez que encuentro una nueva historia aquí, me doy cuenta lo poco que conozco esa Bogotá escondida que nadie cuenta.

  2. hanuka

    esto me hace pensar en lo conmovedoramente triste que puede llegar a ser la vida o en la felicidad que se encuentra en su simplesa dificil de entender, en que cada persona sufre su propia tragedia por insignificante que paresca… esta historia nos hace cuestionarnos acerca del verdadero significado de la vida… qué cosas podemos dar, qué cosas podemos recibir… y que a pesar de todo personas como rita siguen ahí… constantes con una historia que parece se detuvo en cierta parte del camino, pero que como una flor cortada de su jardin se marchita al pasar el tiempo y sin darnos cunenta… todo se apaga.

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