Bogotazo cinematográfico

Por: Fernando Torres

Un colectivo de jóvenes propone cambiar los palos y machetes por cámaras y productos audiovisuales.

La Sala Los Acevedo llena; mujeres más que todo; una que otra ha bebido como templario y un cortometraje comienza con fallas de sonido. De los baños aparece un tipo sacado del pasado, un hombre de traje y sombrero, es el espíritu furioso de la memoria juvenil.

Estamos aquí por una invitación de Kinomacondo, el grupo de jóvenes conformado por Óscar Romero, Mauricio Betancourt, Wilder Parada, y Rosaura Villanueva; profesionales de la comunicación alternativa que organizaron el evento en conjunto con el Departamento de Cine del Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO). Es la proyección del cortometraje Genocidio en barbería, de Óscar Romero y la conmemoración de los 60 años del magnicidio más importante de la historia del país.

Mi novia está cansada de hacer fila, somos aproximadamente cien personas así. Llegamos a las siete, comenzaría a las y media pero ya son las ocho y no hemos entrado. Rosaura Villanueva, que hace parte del grupo anfitrión, me ve desde adentro y hace cara de no puedo hacer nada. La gente comienza a chiflar, una mujer bajita detrás de nosotros grita: “¡Bogotazo!”. Nos reímos por la precariedad de la ironía y entramos empujados cuando por fin abren las puertas.

Adentro, cuando las sillas han sido ocupadas, organizan a los que se quedan de pie en los extremos del teatro. La voz de Gaitán inunda el recinto, a uno le dan ganas de que esté vivo.

Las orquídeas republicanas se están desangrando

“Nuestra motivación es celebrar una de sus políticas —las del caudillo— cuando fue Ministro de Educación, que tenía que ver con la producción cinematográfica masiva, en las calles”, dice Rosaura, la de crespos largos y mejillas enrojecidas.

Comienza el corto, dividido en tres capítulos: 1. La misión de las orquídeas 2. Gracias Mr. Marshall 3. Radiorevolución. Un barbero perverso se confabula con un grupo incógnito de conspiradores para planear el asesinato del líder del pueblo. Reconozco al cliente que le ruega por un corte, lo he visto en la calle, es un cuentero viejo que no olvida su abrigo ni el sombrero. Actúa bien, reclama por los planes del barbudo que lo afeita y éste termina ahorcándolo con su propia corbata. Tres muertes —la del cómplice que antes de morir degollado gritó arrepentido: “Nos cagamos y jodimos el país”, la del cliente y la del barbero al final, por un disparo vengativo— no son suficientes para hablar de genocidio. Una sola, la real, acabó con la esperanza de los colombianos y desató ese monstruo que Arturo Alape ha querido llamar El cadáver insepulto: montaña de huesos sin nombre, desaparecidos, ajusticiados por esa mano fantasmal que en Colombia ha venido obligándonos a la costumbre.

Una imagen demuestra el papel de la radio a la hora de envalentonar a las masas y llevarlas al delirio asesino de ese día, en que los niños miraron sorprendidos hacia el cielo rojo y centelleante: aparece en la pantalla una radiola antigua. Por sus rendijas se filtra sangre negra, la bilis, la melancolía eterna de la catástrofe.

Villanueva dirá que el objetivo de Kinomacondo es: “Promover la cultura, investigando antecesores y raíces. Aunque sabemos que lo que hacemos ya ha sido explorado por grandes autores, queremos continuar su labor en lugar de llenarnos de americanismos”. Pero ese día el cortometraje terminó y el director, cuando se disponía a hablar, fue interrumpido por aquel personaje de sombrero y corbata, a quien le había prestado la camisa para poder entrar de primero.

Levantaba la mano como Gaitán, arrugaba la cara y miraba al techo, al cielo. Con el puño cerrado criticaba la amnesia de nuestra generación, la actitud facilista del que acude en masa con reclamos prestados. Gritaba que las orquídeas republicanas se están desangrando y que: “Ustedes, aquí alimentándose con fragmentos de carne, pedazos de celuloide y pura mierda de cineastas”.


Nos vamos en la mitad de la proyección de fotografías del Bogotazo ambientada con música experimental. Busco al desesperado anacrónico en el baño, le toca quedarse con el saco y la corbata nada más, pues necesito la camisa. Cuando reclamamos nuestra chicha republicana miro a la pantalla y se me queda fija en la mente esa cara inclinada hacia abajo, un rictus burlón y ese par de ojos fríos y penetrantes de un Gaitán todavía eufórico, aunque nostálgico.

Fotografías cortesía de Kinomacondo.

Anuncios

2 comentarios

Archivado bajo Crónicas y reportajes

2 Respuestas a “Bogotazo cinematográfico

  1. Estimado Fernando, dígame que de verdad había chicha republicana.

  2. Apreciado Esteban, en efecto había chicha republicana.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s