Con la fe en el bolsillo

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                                                                                                           Foto: David Yazo

  Por: Fernando Torres

Un ateo confundido se enfrenta al caótico desenlace de un culto cristiano y pone a prueba su negación de toda fe.

Flaco y prevenido, Arturo González se arruga la ropa y ríe nervioso ante el espectáculo que tiene al frente: mujeres que vuelan por los aires como poseídas de thrillers de los 80’s, hombres que lloran desconsolados mientras abrazan a sus vecinos y predicadores que estimulan la histeria.

Es testigo del impulso climático de un ritual religioso iniciado tres días antes, en conmemoración a la historia bíblica de Pablo de Tarso. En pocos minutos, de acuerdo con la fe cristiana, las personas que han sido purificadas y pueden dar el paso hacia la santidad comenzarán a hablar la lengua del Espíritu Santo como azotadas por lenguas de fuego.

Arturo tiene veinte años, proviene de una familia católica, pero profesa no creer en nadie más que en sí mismo y en la poesía. Le gustan Maiakovski, Darío Lemos y los nadaístas, salvo Jota Mario Arbelaéz, quien le parece un completo inútil. Estudió en un colegio de curas, lo que le valió para formarse en la irreverencia de los que no toleran la ortodoxia. Es beodo de profesión y afirma: “En la vida sólo me interesan las mujeres, el arte y el trago”. Mide un metro setenta, es moreno, de pelo corto, a veces se deja el bozo y anda con despreocupada sobradez. La que le faltó el día en que se vio llorando y pataleando en nombre de Dios.

El mismo que para las tradiciones cristianas otorga el don de lenguas. De raíces griegas (glossa, “lengua”, lalein, “hablar”), la glosolalia es un término religioso que designa el habla en idiomas desconocidas durante el éxtasis de fe. En la Biblia aparece registrado el primer episodio de este fenómeno en ‘Hechos de los apóstoles’ 2, 1-4: “…Y se les aparecieron lenguas como de fuego, repartidas sobre cada uno de ellos. Y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu hacía que hablaran”.

El culto responde a la necesidad del creyente de romper las cadenas del pecado que lo atan desde el día en que nació. Se reúnen 500 personas en un salón cerrado, allí conviven, comen y duermen por tres días enteros. Comienza con una oración de 45 minutos a cargo de un pastor carismático. Es la recurrente imagen del predicador sobre una tarima con micrófono en mano. Para cada asistente hay un ujier, un personaje que orará junto a la persona y en determinado momento le “impondrá sus manos”, para que ésta pueda por fin liberarse de sus demonios.

Si Arturo fuera un completo escéptico diría que se trata de una farsa; si de acuerdo con la definición de Michel Onfray en su Tratado de ateología, creyera que toda religión es una fábula infantil para hombres incapaces de comprender lo ineluctable de la muerte, se referiría sin duda a una anécdota fútil, sin sentido. Pero algo lo hace dudar, confiesa: “Yo soy ateo, pero ese día vi a Dios”. Fue inducido al culto por un amigo suyo, Miguel Echavarría. Le pagó los 70 mil pesos que cuesta el retiro espiritual y lo convenció de dejar la razón atrás y entregarse a la experiencia, ocurrió en la Misión Carismática Internacional de la carrera 30 con 19. “Es que si usted se pone a pensar la embarra; es un instante de pura intuición”, dice con la misma mirada convencida, seguro de lo que sale de su boca.

El segundo momento del ritual es conocido como la Revelación de la Cruz, durante el cual se conoce el sacrificio que hizo Jesús por la humanidad y en el que se supone, el creyente conoce el pecado y asegura no cometerlo de nuevo. Arturo hace un juego racional inútil ante la efervescencia que se va erigiendo en el salón. A su lado está Miguel, que luego de unos segundos, cuando por fin logra visualizar la cruz en su mente, no imagina a Cristo crucificado, sino a sí mismo con el dolor de los clavos y la dureza del madero. “Fue como sentir la decepción de Cristo, como si el que tenía que estar colgado era yo, no él”, dice con la seriedad de un creyente que ha abandonado su iglesia pero mantiene viva la angustia.

Cuando los fieles han reconocido el sacrificio, pueden ser bañados por la Sangre de Cristo. Al ateo, lo aterroriza ver cómo se tiran al suelo y se arrastran clamando por ella. Es el único instrumento, según cuenta Echavarría, capaz de limpiar al hombre de sus pecados. Arturo desconfía de la demencia de esas personas, las ve como poseídas; gente desesperada que se aferra a una pulsión delirante y tremenda. Pero de todas formas le es imposible mantenerse ajeno a la sensación colectiva. Una vez sus cuerpos han sido limpiados, están preparados para el trance definitivo.

Al hablar de la glosolalia se le enturbia la mirada y la voz se le pone más gruesa. Cuando Miguel lo invitó a participar de su fe, le entró curiosidad por el relato de esa última manifestación fervorosa. Arturo pensó que era en broma, que esa palabra no existía. La buscó en el diccionario y encontró: “Glosolalia, lenguaje ininteligible, compuesto por palabras inventadas y secuencias rítmicas y repetitivas, propio del habla infantil, y también común en estado de trance y en algunos cuadros psicopatológicos”. “Yo no creo que hablen perfectamente una lengua, son puros sonidos guturales. Se trata de un delirio; yo no pensaría en nada milagroso ni divino, es más bien un efecto psicológico colectivo”, dice Rolando Roldán, Decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de los Andes, con rostro incrédulo, de los que prestan poca atención a estos fenómenos.

La revista internacional Psychiatric Research: Neuroimaging publicó en noviembre de 2006 una investigación desarrollada por científicos de la Universidad de Pensilvania en la que se escaneó la actividad cerebral de cinco mujeres durante el estado de glosolalia. El resultado determinó una disminución de la perfusión sanguínea  —presencia de la sangre en el cerebro— y de la actividad en la corteza prefrontal de ambos lóbulos, la zona que determina muchas de nuestras acciones. De ahí que las personas que la practiquen, en mayor medida pertenecientes a las tradiciones carismáticas y pentecostalianas, presenten una falta de control intencional durante el momento en que hablan en lenguas extrañas.

Arturo dice que ese día se purificó. Hoy lo cuenta con un Marlboro entre los dedos y un par de cervezas en la mesa. Para los cristianos, luego de la purificación viene una tentación todavía mayor. “De pronto por eso empecé a fumar”, afirma satisfecho en lugar de arrepentido. Pero a pesar de que quiera parecer cínico al respecto, el tema continúa perturbándolo.

Él sería un testigo de lo que Freud ha llamado el “sentimiento oceánico”. A pesar de rechazar toda fe y toda ilusión, en el momento justo en que los creyentes manifestaron el supuesto advenimiento del Espíritu Santo por medio de lenguas desconocidas, fuerza sobrenatural y una histeria colectiva incontrolable, Arturo experimentó esa sensación de eternidad, de inmortalidad que durante toda su vida había negado.

Se acaba la cerveza y enciende el último cigarrillo. Es tarde. Lo fuma con la mano extendida, los dedos tiesos. Recuerda esos tres días y no quiere emitir juicios. “Usted tiene que haberlo vivido para creerme”, dice. Lleva puesta una chaqueta de dril azul, llena de polvo, zapatos sin amarrar y una camiseta descolorida del Che Guevara. Se levanta y en su rostro se alcanza a ver la satisfacción de quien se ha confesado. Arruga las cejas hacia arriba y aprieta los labios como diciendo: “No hay nada más que contarle”.

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4 comentarios

Archivado bajo Crónicas y reportajes

4 Respuestas a “Con la fe en el bolsillo

  1. Estimado Fernando, no sé si sabe algo de la historia de Darío Silva, el famoso pastor cristiano que ahora tiene su iglesia en Estados Unidos.

    Antes de eso era periodista y ateo (¿o ateo y periodista?). Él fue a cubrir la historia de la venida de Julio César Ruibal al Campín cuando llegó a Bogotá para ejercer su don, el de la sanación. No le puedo decir que alguien se sanó porque sólo lo escuché (casos de cáncer, artritis, parálisis en extremidades inferiores,…), pero sí le puedo decir que Darío Silva se convirtió al cristianismo.

  2. Caso parecido a mi personaje, que también es periodista, y “ateo”.

  3. hanuka

    me pregunto qué sería de las religiones si los humanos no nos sintieramos solos y desubicados o tubieramos la necesidad de sentirnos así, si no tubieramos pesar de nosotros mismos, si no nos sintieramos contaminados(contaminados de qué) con necesidad de purificación, salvación(¿salvarnos de qué?… ¿de nosotros mismos?), si no buscaramos un cielo o un paraiso. “El todo para existir necesita un motor” entonces quién mueve ese motor, ¿por qué ese motor tiene que ser independiente? o es que depende de nosotros… que tal si el motor no es como lo pensamos… que tal si dios y la muerte murieran cuando morimos…

  4. hanuka

    jej no me hagan caso…! eso me pasa cuando no hay nada qué hacer y me pongo a pensar…

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