El divorcio de Montag

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Por: Fernando Torres

“La lasitud está al final de los actos de una vida maquinal, pero inaugura al mismo tiempo el movimiento de la conciencia. Provoca la continuación, que es la vuelta inconsciente a la cadena, o el despertar definitivo. Al final del despertar llega la consecuencia: el suicidio o el restablecimiento”.

Albert Camus

En su ensayo El mito de Sísifo, Camus expone una situación desgarradora pero en exceso natural, tradicional. Se trata de la siguiente: un hombre ve a otro hablando por teléfono a través de una mampara de cristal. A simple vista, la acción contemplativa no exigiría del espectador mucho tiempo de reflexión. Pero en un momento, lo que parecería un evento trivial adquiere relevancia gracias a una pregunta que surge de un vacío que pronto tendrá nombre: “¿Por qué habla ese hombre?”, o si se quiere: “¿Qué necesidad tiene de gesticular de esa manera?”. Esa total intolerancia, esa sbornia[1] situacional irremediable, han encallado en la conciencia del hombre que se cuestiona para, contrario a lo que se pudiera creer, acercarlo todavía más a su humanidad. Como le sucede a quien se despierta un día y ve a sus familiares como desconocidos, el absurdo arremete con una fuerza inextricable, demanda ser reconocido o negado con la misma presteza de su llegada.

Es lógico que la carne se resista a la tentación del caos, pues en principio, el cuerpo gana al espíritu en caprichos de supervivencia. Por eso en esas primeras etapas en que el absurdo se está gestando como un gusano al interior de cada hombre, la esperanza de las ideas, la aparente perfección del sistema y la promesa del progreso sirven como muros de contención que mantienen a raya los constantes ataques de divorcio que provienen de afuera. Empero, son incapaces de expulsar el germen que ya ha anidado en lo más profundo del espíritu, todavía silencioso.

Antes de una definición completa de lo que también ha pensado Sartre como “la náusea”, es preciso definir, y aquí entramos en el campo que atañe directamente a este análisis, las condiciones de gestación del estado absurdo. En particular la transformación de la subjetividad manifiesta en Montag, personaje principal de la película Fahrenheit 451.

Montag trabaja para la estación de bomberos, que en el mundo ficticio creado por Bradbury y adaptado al cine por Truffaut, se dedican a quemar libros. Está casado con Linda, una mujer que pasa el día entero viendo una pantalla de televisión, aprendiendo judo y esperando con fervor poder actuar en una de las telenovelas. De acuerdo con Regis Debray en su capítulo “Las tres edades de la mirada”, ninguna mediasfera[2] despide bruscamente a las otras[3], sino que se superponen e imbrican. Sin embargo, vemos que en el mundo en exceso visual de Montag, existe una política de censura firme en contra de los productos de lo que sería la grafosfera[4]; la bibliofobia se convierte entonces en el perfecto mecanismo de control de los idólatras, hasta el punto de que poseer siquiera un libro llega a ser un crimen. Uno de los productos más interesantes de este universo amante de las imágenes y enemigo de la palabra escrita, es la historieta sin parlamentos. La actividad de leer cómics exige todavía menos esfuerzos intelectuales gracias a los bocadillos vacíos que acompañan las imágenes. Interesa por supuesto la irónica presentación de una secuencia de recuadros cuyo sentido es en realidad, la disipación sin pensamiento. Lo ocioso del entretenimiento letrado es extirpado de esta sociedad por su inutilidad. Las historias que con habilidad pueda el hombre imaginar son entonces, inútiles, al menos en la concepción servil del progreso. Lo útil es pues, la imagen, ya que quien la fabrica es por destino, el proveedor de gloria de los poderosos[5].

Ahora bien, en un mundo en que el ocio escrito existe sólo en la clandestinidad, es imposible evitar que la memoria se desvanezca en medio de informaciones impuestas y la constante difusión de patrones de cotidianidad hegemónicos. La reunión de amigas frente al muro-pantalla tiene la única función de organizar grupos sociales que comentan lo que ven, pero que, a diferencia de lo que se podría pensar al respecto, lo hacen utilizando las mismas herramientas de crítica que la televisión les ofrece. Es decir, comentan de la manera en que el sistema imperante quiere que lo hagan.

En el metro, Montag nota la extraña e inconciente filiación al cuerpo, el neoprimitivismo que comenta Debray. Los pasajeros, carentes de una pantalla alienadora que los persuada de pensar, se reencuentran con el tacto honesto, involuntario; sus cuerpos les exigen la intimidad arrebatada, el recuerdo erótico eliminado de sus memorias. Por la misma razón el método de seducción de Linda cuando quiere acostarse con Montag es una llave de judo, para ella ya no existen los juegos con el cabello ni otras prácticas femeninas, el mayor referente al contacto físico que ha sido construido en su cabeza es este arte marcial. O incluso la ridícula imagen de un joven acariciándose a sí mismo como si estuviera besando a su novia, en la escena del parque.

Es como si el tacto hubiese perdido toda conexión con la realidad. La corporalidad ha sido traspasada al terreno de lo virtual, lo abstracto y los escasos momentos en que se aleja de esa hiperrealidad se convierten en patéticos reencuentros con una subjetividad reptante.

“Hoy en día la abstracción ya no es la del mapa, la del doble, la del espejo o la del concepto. La simulación no corresponde a un territorio, a una referencia, a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal […] y si fuera preciso retomar la fábula, hoy serían los jirones del territorio los que se pudrirían lentamente sobre la superficie del mapa. Son los vestigios de lo real, no los del mapa, los que todavía subsisten esparcidos por unos desiertos que ya no son los del Imperio, sino nuestro desierto. El propio desierto de lo real”[6].

 

En la era del espectáculo, cuando los simulacros reemplazan a la realidad, no hay nada que no le produzca asco a Montag y a quienes han decidido trasladarse al terreno de la ilegalidad conservando su memoria y pensamiento, con sus preciados libros. Este asco es el resultado del triunfo del espíritu sobre la resistencia de la carne. El mundo de Montag es una gran caverna platónica, habitado por adoradores de sombras coloridas y luminosas, si se vale la contradicción. Y él comienza a despertar gradualmente, respondiendo a la perfidia de su entorno, repudiando las costumbres que lo rodean. Un poco como un paria, Montag recurre a los libros que ha rescatado de varias quemas para reencontrar las familiaridades de las que carece. La escena que desata al gusano del absurdo es la muerte de la anciana que prefiere ser quemada con sus libros, imagen que se repite en los sueños de Montag personificada por Clarisse, su única amiga.

Este recurso onírico de Truffaut evidencia el interés particular que tiene el personaje por esta mujer inteligente, lectora y fugitiva, compañera suya en el desánimo, la desesperación. Camus sabe describir la situación en las siguientes palabras: “Un mundo que se pueda explicar, así sea con malas razones, es familiar. Pero en un universo privado de pronto de ilusiones y de luces, el hombre se siente extranjero. Es un destierro sin remedio, privado de una patria perdida o de una tierra prometida. Ese divorcio entre el hombre y su vida, entre el actor y el decorado, es el absurdo”.

Ahora bien, es la misma mujer la que da a conocer a Montag ese tipo de tierra prometida del que habla Camus. Su absurdo, su rebelión contra sí mismo y el mundo no terminarán en el suicidio ni la demencia ulterior. Existe un grupo de hombres desertores que ha emprendido la tarea de memorizar sus libros preferidos para fundar una nueva sociedad cuando el imperio de los idólatras llegue a su fin.

Montag piensa que puede tomarse el tiempo de decidir cuándo abandonará la estulticia y buscará a la Gente Libro, como se hacen llamar. Pero Linda, en un arrebato de ignorancia y miedo al conocimiento, lo denuncia a la misma estación para la que trabaja. Sin saberlo, impulsa la furia final de su esposo. Al darse cuenta de que la emergencia que atiende es en su propia casa, Montag se apresura a mostrarle al capitán todos los libros que ha escondido, y cuando procede a quemarlos, decide acabar con el hombre al mando de la cacería del conocimiento.

Es la muerte del enemigo, el miedo se disipa y el camino a la libertad se abre ante el héroe absurdo. No le queda sino correr y esconderse, tiene el privilegio de haberse convertido en paria de una sociedad alienada, indeseable. Su victoria está en el escape y el encuentro con los hombres guardianes de libros, que coincide con su supuesto arresto en la ciudad, una farsa para mantener el status quo y continuar con el show. Allí, entre seres humanos, el camino de Montag ha terminado y el asco se disipa con el tiempo y el redescubrimiento de la memoria.

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[1] Borrachera en italiano.
[2] Según Debray, esfera mediática, máquina de transmisión de ideas, símbolos, valores y otros.
[3] Logosfera (era de los ídolos), videosfera (era de lo visual), grafosfera, explicada más adelante.
[4] La era del arte, desde la imprenta hasta la televisión en color.
[5] DEBRAY, Regis, Vida y muerte de la imagen. “Las tres edades de la mirada”. Pág. 177
[6] BAUDRILLARD, Jean, Cultura y simulacro. Pág. 5
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Archivado bajo Crítica y ensayo

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