El cuerpo segmentado

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Juan Sebastián Peñuela

Fernando Torres

Asistimos a la era de la fragmentación. La estética posmoderna Occidental ha impuesto referentes muy específicos en cuanto a la belleza, en el uso más vulgar de la palabra. Como un instrumento más de esta normalización del gusto, las cirugías plásticas han adquirido gran popularidad al punto de convertirse, en parte importante de las expectativas de vida de las personas inconformes con su físico. “Among those who had undergone cosmetic surgery, many described their desire for such surgery as “normal” and “natural”, explicitly comparing their inclination to buying makeup and having their hair done. They extolled the benefits of cosmetic surgery by characterizing their actions as what anyone would do”[1].

Esta naturalización generalizada, impulsada sin lugar a duda por los mass media como respuesta a las gratificaciones del público, ha calado de manera profunda en el imaginario colectivo colombiano, gracias a programas como Extreme Makeover, o la versión nacional, Cambio Extremo. Maneja una estructura de dos participantes por emisión, utilizando el suspenso con cortes en la historia y el uso de comerciales. Acude al sentimentalismo y la compasión como recurso para acercar a la audiencia, por medio de la voz de un narrador lleno de lugares comunes e inflexiones dramáticas que acentúan la desgracia del inconforme. También abusa del morbo mostrando los procedimientos quirúrgicos y el pre y post-operatorio. Veamos pues, la presentación de uno de los casos:

Sandy y David son una pareja de novios bogotanos que, además de cambiar su físico, quieren casarse por la iglesia. Mientras Sandy sufre por su nariz, por sus orejas y por su sobrepeso, David padece de un grave defecto visual llamado queratocono, para lo cual requiere un transplante de cornea y de no ser operado, él podría perder la visión.

Sandy es huérfana de madre y ha vivido sola durante muchos años. Aunque tiene buena relación con su padre, ella prefiere vivir en otro lugar. Pese a que no tiene trabajo, sale poco y es muy tímida, siempre ha soñado con casarse. David, su novio, vive muy lejos de ella y aunque la distancia que los separa es enorme, ya sea en bus, a pie o como pueda, él se las ingenia para ir a visitarla. David quiere irse a vivir con ella, pero primero quiere casarse por la iglesia, lamentablemente no tiene los medios económicos para comprar los anillos y acomodar una nueva casa.


Como consideración primaria, la visión del cambio está más asociada a la mutación física, que a una transformación real. Además la mención del deseo de casarse por la iglesia evoca de entrada a la conmiseración de los fieles, quienes verían con buenos ojos dicha mutación, para empezar una nueva vida bajo la augusta mirada del Señor, se podría pensar que siendo feos, no podrían casarse de la forma religiosa. El melodrama surge con la frase: “él podría perder la visión”, que traslada las responsabilidades del Estado en términos de salud pública, y las convierte en objeto de concurso.

Al parecer, soñar con casarse y ser huérfana de madre son razones consecuentes con el cambio extremo al que Sandy quiere someterse. Esto, acompañado de la chabacanería con que se evidencia que David hace lo que sea por visitarla, dando pie a la consideración superficial de que el amor verdadero sí existe, pero una ayudita del bisturí no sobra. Ayudita que por demás, termina por exponer a una persona totalmente distinta a la que se presentó al programa. Según la frase final del fragmento, ser intervenido quirúrgicamente también desencadenaría la compra de los anillos, y el esfuerzo por establecerse en un hogar. Cosa que no sucedería sin llevarse a cabo la operación.

Es evidente que lo menos importante del caso son la nariz, las orejas y el sobrepeso de Sandy. La carga moral, melodramática y compasiva son los sustentos discursivos de Cambio Extremo para cambiarle la vida a los colombianos, eso sí, enmarcado en un sistema de juicios estéticos específico y excluyente, a pesar de lo que el programa se jacta en mostrar.

Empero, existe otro factor que ha influenciado significativamente en las nuevas prácticas quirúrgicas que atienden a la población necesitada de individualidad. Uno que no sólo ha trastocado los órdenes socio-económicos del país sino que también ha afectado los cimientos de la valorización estética hegemónica. Se trata de los códigos impuestos a partir de los años noventa a manos de un grupo social que surge en medio de la ilegalidad, conocido en la esfera pública como “los traquetos”. Veamos un poco, sin ánimos de caricaturizar, los estándares básicos del gusto traqueto: existe en apariencia una obsesión por los tamaños descomunales, que se extienden desde sus automóviles, que suelen ser enormes camionetas pesadas y blindadas llenas de colorido, hasta las mujeres que les acompañan. Éstas suelen obedecer al mismo patrón de Bigger is better. Esto en cuanto a la proporción de sus senos y trasero, respondiendo también al cliché de la belleza norteamericana. Mujer de vestidos variopintos, de tacones altos, rubia y muy alegre. Contando también con el hambre capitalista, que las hace verse rodeadas de los accesorios de distinción más recientes y suntuosos. Existe entonces una pretensión por el efecto o impacto estético, no ya por sus causas o razones.

De entrada se identifican las características primordiales de la estética del mal gusto, expuestas por el autor italiano Umberto Eco en su libro Apocalípticos e integrados. Según Eco, el efecto debe ser absolutamente fungible, no debe escapar nada a la interpretación de quien se relaciona con el objeto. Además, como se trata de una composición fragmentaria, cada una de las partes refuerza el motivo inicial, construyendo una redundancia extravagante, que para Eco es el medio de más fácil reafirmación cultural para un público que cree gozar de una representación original del mundo. De esta forma, los usos del cuerpo y sus atavíos se convierten en mecanismos de distinción de fácil acceso y descodificación. La relación entonces, entre la imagen corporal y el reconocimiento social, está atravesada por dichos juicios provenientes del inframundo ilegal del narcotráfico y, no en menor medida, por las respuestas estéticas generadas en los medios masivos de comunicación. Alteradas debido a la ausencia de un trasfondo educativo consistente que provea al público de claves de lectura más sólidas en el momento de apropiación de los estereotipos y valores comerciales del mercado de la belleza.

Ahora bien, hablamos de los actuantes directos en la estructuración de los mencionados valores, pero es necesario también definir el contexto en el cual dichos actores se desenvuelven. Se trata de una arena de comercio de bienes simbólicos a nivel global[2], que reduce las fronteras pero a la vez, potencia las exigencias locales en una clase de juego de oferta y demanda de tradiciones vacías de contenido. “El folklorismo es tradición presentada como espectáculo (…) pierde el alma de la tradición, que es su conexión con la experiencia de la vida cotidiana”[3]. No hay que olvidar que, como lo afirma Giddens, la globalización reestructura nuestro modus vivendi y es típicamente norteamericana, aunque afecta a esta sociedad de la misma manera que a los otros países y es altamente desigual en sus consecuencias.

Las cirugías estéticas han sido trasladadas al mercado global, y en apariencia masificadas, otorgando la creencia de estar al alcance de la totalidad de la población. Así, los anhelos de uso se ven recompensados con las imágenes de los participantes del reality show Cambio Extremo, como lo afirma su slogan: “Para gente real”. Bajo este lema pretenden hacer un salto de calidad en la vida de los inconformes, brindándoles las herramientas para por fin hacerse a un lugar en la sociedad que, según sus conflictos psicológicos, los ha rechazado. Sin embargo, es una gran mentira que este tipo de procedimientos quirúrgicos sean masivos, pues como en el programa mismo se evidencia, las personas que son aceptadas para aparecer y ser intervenidas, son aquellas que presentan un mayor grado de segmentación en la visión de sus cuerpos. Si examinamos un capítulo de dicho programa, podemos notar que los participantes describen su inconformidad con la especificidad detallada requerida por la producción del canal en aras de una fácil asimilación por la audiencia.

“There’s two groups of people. Ones that will come in and say, “Make me beautiful” –those are very poor candidates. And somebody (who comes in) and says, “I don’t like my nose”. And you say, “What don’t you like?” And he says, “Well, I don’t like the lump, and it’s too long”– if they can describe what bothers them, and you know that it can be surgically corrected, then those are excellent candidates for surgery”[4].

Ésta es la opinión de un cirujano entrevistado para el documento “Accounting for cosmetic surgery: The accomplishment of Gender”, que bien podría ser la de quienes trabajan para el programa en cuestión, siempre pensando en los detalles fragmentados, más que en el individuo como un todo. Así el cuerpo se convierte en una mercancía con catálogo, y cada parte susceptible de ser explotada de manera diferente: “El espectáculo, que es la eliminación de los límites entre el yo y el mundo mediante el aplastamiento del yo asediado por la presencia-ausencia del mundo es igualmente la eliminación de los límites entre lo verdadero y lo falso mediante el reflujo de toda verdad vivida bajo la presencia real de la falsedad que asegura la organización de la apariencia (…) La necesidad de imitación que experimenta el espectador es precisamente la necesidad infantil, condicionada por todos los aspectos de su desposesión fundamental. Según los términos que Gabel aplica a un nivel patológico totalmente distinto “la necesidad anormal de representación compensa aquí un sentimiento torturante de estar al margen de la existencia”[5].

Aquí Debord miró hacia delante cuarenta años, pues éstas son las consecuencias de los realities en general, y en mayor medida de Cambio Extremo. Lograr que los individuos inconformes se sientan al margen de la sociedad para así poder acceder a este tipo de cirugías que les permitan la seguridad ontológica necesaria. Vemos no una defensa de la belleza sino una reafirmación psicológica de la fealdad, al reconocerse como individuos proscritos de la normalidad “bella”. El programa, luego de sentenciar los rasgos reconocidos como pertenecientes al campo de lo horrible y asimétrico, se presenta como un Mesías de escalpelo que remediará ipso facto la desgracia de aquellos que han sido escogidos para engrosar las filas de los “naturalizados”.

Al respecto, Maigret retoma a Habermas en su Teoría del Espacio Público, citando: “La publicidad se vuelve comercio e invade las vidas privadas, en lugar de ser el soporte del diálogo, el ascenso del individualismo egoísta y exhibicionista corrompe lo que era accesible al público, los medios no son más que consumo y frivolidad narcisista”[6]. Una afirmación tal vez apocalíptica, que sin embargo tiene cierto tinte de verdad ante las intenciones primarias de los productores de realities, recalcando en exceso el término “narcisista” para el caso de Cambio Extremo.

Es así como las relaciones de poder se reestructuran en torno al cirujano como nuevo socializador. Un individuo con voluntad sobre las autoestimas de los inconformes. No es un creador, sino un moldeador que transforma un material a su antojo, un productor de imágenes, que es, de acuerdo a Debray: “Por destino (…), el proveedor de gloria de los poderosos”[7]. Estamos entonces, continuando con este autor francés, en la era de la videosfera[8], abundante de imágenes-símbolo, que tienen un valor sociológico como signo de estatus o marcador de pertenencia. “En el afán por innovar de la era virtual se regresa a la obsesión del indicio por el cuerpo, lo físico, el neoprimitivismo rescata las necesidades de la primera época (la logsofera[9]) en función de las carencias de la última (la videosfera)”[10].

Se trata pues de una reestructuración del cuerpo como mercancía segmentada, que funciona por catálogo de acuerdo a los arreglos quirúrgicos y a las pautas que los mass media le otorguen. La naturalización y normalización del individuo bajo los cánones de una belleza mediática sólo producen mayor discriminación en lugar de la supuesta y utópica unidad sistémica.


[1] Entre los que habían sufrido la cirugía estética, muchos describieron su deseo de tal cirugía como “normal” “y natural”, explícitamente comparando su inclinación a la compra del maquillaje y al arreglo de su pelo. Ellos alabaron las ventajas de la cirugía estética caracterizando sus acciones como lo que cualquiera haría. En: DULL, Diana y WEST, Candace, Accounting for cosmetic surgery: The accomplishment of Gender. Social Problems, Vol, 38, No. 1, (Feb.1991). Pág. 56

[2] La forma en que nos relacionamos con los bienes simbólicos que consumimos no es universal, o lo es en la medida en que se consume de manera indiscriminada, sin juicios ni cuestionamientos. De ahí que el manejo de la libertad, o la ilusión de libertad que brindan las industrias culturales no estén en dejar de consumir porque el consumo sea malo o poco inteligente, respondiendo al esnobismo. Tienen que ver más que todo con la escogencia, o por lo menos, la conciencia clara de los patrones de consumo propios. Pensar lo que se apropia es lo más que puede hacer una persona para contrarrestar al colonialismo cultural, que se alimenta de las mentes pasivas y se entretiene con las activas.

 

[3] GIDDENS, Anthony, Un mundo desbocado, los efectos de la globalización en nuestras vidas. “Capítulo III: Tradición”. Pág. 57

[4] Hay dos grupos de personas. Los que entrarán y dirán, ” Hágame bello ” – aquellos son candidatos muy pobres. Y alguien (quien entra) y dice, ” no me gusta mi nariz”. ¿Y usted dice, ” Qué le gusta?” Y él dice, ” Bien, no me gusta esta protuberancia, y es demasiado larga” – si ellos pueden describir qué los molesta, y usted sabe que quirúrgicamente puede ser corregido, entonces aquellos son candidatos excelentes para la cirugía. En: DULL, Diana y WEST, Candace, Accounting for cosmetic surgery: The accomplishment of Gender. Social Problems, Vol, 38, No. 1, (Feb.1991). Pág. 62.

[5] DEBORD, Guy, La sociedad del espectáculo. “Capítulo 9: La ideología materializada”.

[6] MAIGRET, Éric, Sociología de la comunicación y los medios. “Capítulo XIV: Las teorías del espacio público, de Kant a la televisión de la realidad”. Pp. 357-358.

[7] DEBRAY, Regis, Vida y muerte de la imagen, historia de la mirada en Occidente. “Capítulo 8: Las tres edades de la mirada”. Pág. 177

[8] La era de lo visual.

[9] La era de los ídolos, desde la invención de la escritura hasta la de la imprenta.

[10] DEBRAY, Regis, Vida y muerte de la imagen, historia de la mirada en Occidente. “Capítulo 8: Las tres edades de la mirada”. Pág. 184

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1 comentario

Archivado bajo Crítica y ensayo

Una respuesta a “El cuerpo segmentado

  1. Pedimos que las personas que visitan El Chambón a través de Internet Explorer nos disculpen, pues al parecer, las referencias aparecen de una forma muy extraña. Usen Mozilla Firefox, por favor.

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