Sin los pies en la tierra

 

 

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Una mujer que por la violencia paramilitar abandonó su casa y pasó de raspar coca a refregar pisos.

Por: Fernando Torres

El año de la primera marcha de las Madres de Mayo frente a la Casa Rosada, nació en el municipio La Montañita de Caquetá una mujer de piernas y brazos firmes, ojos esquivos, voz insegura pero temple de hierro. Después de haber raspado coca, comerciado con guerrilleros, huir con su marido, limpiado baños en casas de familia y enterrado a su primer hijo, cuenta su historia con pausas para quitarse la pena con una sonrisa infantil.

La Montañita limita al norte con el departamento del Huila, al sur con los municipios de Milán y Solano, al oriente El Paujil y Cartagena del Chairá. Al occidente, Florencia. Se caracteriza por su palma de Cumare y por la cantidad de raspachines (trabajadores rasos para recolección del cultivo) que desde 1976 comercian la droga en los pueblos cercanos con compradores particulares y hasta hace poco menos de seis años, con la guerrilla de las Farc. Uno de los propietarios de esas fincas especializadas en la siembra de coca, Adelmo Salazar, concibió con María Galeano a Magali Salazar, que no tiene muchas ganas de hablar de su madre, pues la abandonó a ella y a sus dos hermanos, Mauricio y John Freddy, cuando tenía siete años. Para ellos, el juego de infancia, la única manera de ganarse la vida, la opción por excelencia para matar la modorra era ponerse a raspar al servicio de su padre. Las muñecas de trapo y los carros de bomberos en miniatura se quedaron entonces sepultados bajo esas “carpas como las de los carros, sobre las que se ponen las matas bien repolludas de la coca y ahí uno empieza a arrancar las hojas de abajo hacia arriba”.  

Magali es desplazada, como los 1.9 millones reportados por la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (Codhes) en octubre de 2007. Sin contar a las personas que son rechazadas por el sistema oficial, que según el informe de la Procuraduría General de la Nación, son casi el 40%; también están los que ni siquiera se han acercado a solicitar el registro, cercanos a un 20%. Está inscrita en el Sistema Único de Registro SUR de la Agencia Presidencial de Acción Social y dice que el Estado sí la ha ayudado: La Cruz Roja Internacional la proveyó con colchonetas, cobijas y mercado por tres meses desde su llegada a Bogotá en 2005; Acción Social está próximo a entregarle un subsidio de vivienda y a sus dos hijos les brinda apoyo económico para educación: uno cursa tercero de primaria y el menor, se encuentra en grado cero. El hijo mayor se salió de estudiar para colaborarle y comenzó a trabajar en un supermercado sin sueldo fijo, recibía propinas. “Me lo mató un taxista”. El dolor se le aparece de vez en cuando por la cara cuando lo cuenta, no sabe si mantener la mirada o esconderla llevando la cabeza hacia atrás un poco ahogada, y jugando con sus manos sobre la mesa del comedor. Con el dinero de la indemnización quiere establecer un negocio independiente, pero cuando le pregunto qué tipo de negocio, dice que no tiene idea. Por ahora trabaja como empleada del servicio en tres casas: dos en el norte de la ciudad y otra cerca de Abastos; también es celadora en un conjunto residencial.

A los trece años, aburrida de una madrastra que no dejaba de humillarlos y pegarles, además seducida por el coqueteo de uno de los subalternos de la finca, Eber Velásquez, Magali decidió irse de su casa a continuar el único oficio que sabía. Pidió posada en la vereda La Carpa. Ella fue el ejemplo, Mauricio escapó al Caguán y John Freddy esperó un año más junto a su padre, para luego seguirla y convivir con ella hasta cumplir los 17 años, edad a la que se formalizó con una mujer del municipio.

Después de un tiempo, Magali y Eber se arrepintieron de haber huido por la falta de oportunidades y hablaron con Adelmo para que los dejara regresar a trabajar en su finca. Éste aceptó su relación y les ofreció una tierra en sus predios donde vivir. No estaba enamorada. Le pareció la mejor solución para dejar el ambiente tenso de la casa de su padre y dos años después se dio cuenta de que había cometido un error. Pero temiendo no poder sobrevivir sola, con un hijo de brazos, no hizo nada. Se aguantó a un hombre alcohólico que se iba al pueblo y regresaba tres días después oliendo a ramera y a trasnoche, un tipo que la golpeaba prometiendo siempre no volverlo a hacer. Durante los 14 años que estuvieron juntos evadió la separación, pensando que así les evitaría a sus hijos el mismo sufrimiento de su niñez cuando su madre se fue de la casa.

Juntos vendían coca en el pueblo hasta que secuestraron a Ingrid Betancourt y la zona se militarizó, lo que redujo los puntos de comercio. Sólo quedaba uno, cerca de San Vicente del Caguán, al que se desplazaban en el Toyota encapotado, modelo 68, que Eber había comprado para el negocio. Allí había casas destinadas para la transacción, que habían sido expropiadas por las Farc para tal fin; los guerrilleros y otros compradores pagaban dos mil pesos por gramo. La preparación de la mercancía comenzaba compartimentando la droga en bolsas de plástico. Se les sacaba el aire a las bolsas para que no sonaran, después eran recubiertas con café impidiendo que oliera a coca y finalmente, se las forraba en aluminio y se pegaban a una faja que rodeaba la cintura con cinta aislante. 

En 2005 los paramilitares llegaron a la zona. El largo comercio de los caquetenses con la guerrilla fue la piedra angular de sus masacres. Se metieron a las casas de los soplones, vendedores y colaboradores. Los mataron o torturaron. Un ex guerrillero que había pasado a hacer parte de las filas de las AUC, confundiendo a Eber con un comandante militar al que llamaban “Pata’e Palo”, lo señaló ante sus superiores. Era un martes y estaban almorzando. “Cuando de pronto supimos que la casa estaba rodeada, entraron pateando las puertas, se metieron a los cuartos desesperados buscando al papá de mis hijos”. Cuenta que lo sacaron al patio y lo desnudaron, esperando ver en efecto, una pierna de madera que lo identificara como el comandante enemigo. Lo golpearon frente a los niños, ella no podía hacer nada y si se movía, le gritaban que ni se le ocurriera. Se lo llevaron. A pocos metros de la casa, Magali vio que el grupo se acercó a una zanja, escuchó disparos. “Lo mataron”, dijo sin lágrimas. Pero a los 15 días fue liberado en plaza pública por haber accedido a delatar a un miliciano guerrillero que vivía en el municipio. Recuerda escucharle decir que para que confesara, lo metieron de cabeza en un caño y le hicieron tragarse el agua, mientras lo molían a puñetazos. Al dejarlo ir, le dieron 24 horas para salir corriendo con su familia.

Llegaron a Bogotá a la casa de un familiar en Las Lomas, para luego conseguir un lote pequeño al sur, en el barrio Bosque del limonar. El caso de Magali es, a pesar de todo, privilegiado. A través de encuestas y negación de posibilidad de registro, el Gobierno Nacional ha reducido la trascendencia de la situación de la población desplazada en el país. Según la Codhes en su informe Desplazamiento: Cifras y Reparación, el Estado no ha desarrollado una política pública coherente para atender la crisis humanitaria que se deriva del fenómeno. Una de las afirmaciones estipuladas en el informe dice que el desplazamiento no fue incluido en la agenda de paz ni tiene un lugar adecuado dentro del presupuesto de la Nación. 

A veces dice que no puede continuar. Entra en crisis por cómo la ha tratado la vida y porque a pesar de luchar tanto no ha podido conseguir lo que quiere. Le pregunto qué es. Enmudece. Cambio la pregunta, qué le gusta hacer en sus ratos libres. Se ríe y responde que no tiene muchos, pero que le encanta escuchar vallenatos y música romántica. “De vez en cuando la música cuenta la realidad”. Mientras está pendiente de las ollas del almuerzo, resume la catarsis en sencillas palabras diciendo que muchas de sus vivencias se las narran Marco Antonio Solís, Raúl Santi y el Binomio de Oro. “Yo quisiera, algunos días, tener otra vida o dejar de existir”, dice casi llorando. Ahora sí me mira directo a los ojos, se quitó la timidez con esa frase. Quiero saber qué la hace seguir adelante cuando se pone así. Explica que al servirle  la comida a sus hijos y ver lo que les hace falta, los deja comiendo solos y se retira a llorar. Cuando terminan se le acercan y tocándole la cara con caricias torpes, juguetonas, le dicen que cuando sean grandes van a trabajar y ella no tendrá que sufrir más.

Se retira con sus pantalones cortos azules, que le llegan arriba del muslo, y una camiseta rosada al segundo piso a seguir trabajando. Lleva con mucha seguridad un palo de escoba y un balde con agua, me mira como si supiera lo que pienso de su carácter, sonríe, ha terminado la entrevista. Siguen los baños y después, quién sabe.

 

 

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1 comentario

Archivado bajo Crónicas y reportajes

Una respuesta a “Sin los pies en la tierra

  1. Con casos como estos, ¿para qué tener los pies en la tierra?

    Conmovedora crónica, mi estimado Fernando.

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